Nuestra puntuación
3.0 out of 5.0 stars

Título Original: THE DEATH OF ROBIN HOOD Dirección y guion: Michael Sarnoski Intérpretes:  Hugh Jackman, Jodie Comer, Bill Skarsgård, Noah Jupe, Faith Delaney y Murray Bartlett  País:  EE.UU. 2026 Duración:  123 minutos

Robín del infierno

Dentro de dos años se cumplirá el 90 aniversario de la realización de «Robín de los bosques» (The Adventures of Robin Hood) (1938) de Michael Curtiz. Ha pasado casi un siglo y las numerosas versiones que el cine ha dado del célebre rebelde que se alzó arco en ristre contra la tiranía de Juan sin Tierra, un usurpador déspota y miserable, hermano del Rey Ricardo Corazón de León, no han sabido ni podido acallar la jovial insolencia del personaje encarnado por Errol Flynn.

Flynn había cumplido 28 años cuando encarnó a Robin Hood y la alegría y el desenfado que emanaba de su grupo de camaradas justicieros, Little John, el fraile Tuck, Will Scarlett y Lady Marian, ha dado paso en «La muerte de Robin Hood» de Michael Sarnoski a alaridos de angustia y melancolía.

Ni Kevin Costner (1991), ni Russell Crowe (2010) y ni siquiera el Sean Connery de «Robin y Marian» (1976) eclipsaron el gorgojeo del actor del que la leyenda afirma que hacía proezas genitales con un piano de cola. De las muchas versiones que de Robin Hood el cine ha encarnado, la de Sarnoski se levanta sobre la transgresión -pulverización más bien- de dos hipótesis que trataban de superar la versión de Curtiz. La de la madurez-vejez que imaginó Richard Lester con Conney y Hepburn y la de la oscuridad melancólica del Scott de épica y aventura con el actor que tanto crédito le dio en su aventura romana.

No se discute que el justiciero que robaba a los ricos para devolverlo a los pobres permanece, tal vez solo ya en el recuerdo de los jubilados, como un modelo emblemático de justicia poética. Si se cruza la carga simbólica que subyace en el filme de 1938, cuando en Europa se afinaban los timbales de guerra, con la de la muerte de Hood, el veredicto resulta demoledor. ¿Dónde hemos dejado la inocencia? ¿Dónde descansa la esperanza? En la versión de Sarnoski, la respuesta no deja dudas: en la (ultra)tumba.

Bajo esa premisa, Michael Sarnoski (Milwaukee, 1995), director de «Pig» (2021) y «A Quiet Place: Day One» (2024), intoxica a Robin Hood. Pervierte su leyenda. O peor, da la razón a sus enemigos. Hood, en su mirar, no es, nunca fue, el buen hombre que cuentan. De su pasado solo perviven los sucesores de sus víctimas; almas en pena que recorren no los bosques, sino las montañas, en su busca. Sedientos de su sangre, desean matarle para recobrar la triste paz de la venganza.

Y ese Hood interpretado con la decrepitud del Nicolas Cage de «Pig» y el instinto criminal de supervivencia del Alexander Skarsgård de «El hombre del Norte» de Robert Eggers, se sabe, se siente manchado por el deshonor y la mentira. Envejecido como el Connery de «Robin y Marian», no hay descanso para su decrepitud. Tampoco hay comprensión para su pérdida de fuerza. Al contrario, durante la primera media hora, Sarnoski hace de Jackman un lobo viejo indestructible. Como los viejos pistoleros del mejor western, este Robin ha sido aprisionado por su fama y por sus muertes. Vaya donde vaya siempre se encontrará con alguien que desee ajustar cuentas por la muerte de sus seres queridos o arrebatarle la fama al hombre de leyenda porque al matarle heredarán su aureola.

Durante buena parte del filme, se presiente la gratuidad de llamarle Robin Hood al personaje que encarna el mejor lobezno de la historia.

Sin referencias concretas al tiempo histórico que acontece en el relato, el que vivió Robin Hood entre finales del XII y comienzos del XIII, el de la Tercera Cruzada -de la que se ocupaba algo más Kevin Costner, la puesta en escena de Sarnoski se aisla de todo y de nada. Nada queda del rey que se casó con Berenguela de Navarra. De las afamadas aventuras, solo sobrevive un Little John que huye de su propia sombra y que lamenta no poder cumplir su deseo de vivir como un feliz marido y un buen padre de familia.

En esa desconstrucción perversa de la leyenda, Jackman, cuyo rostro adquiere la rugosidad de una vieja cepa, deviene en icono y víctima de las noticias falsas. Encarna una mentira a cuestas, se arrastra en tierra de lobos, en espacios alejados de la raza humana. Antítesis del héroe feliz, «La muerte de Robín Hood» nos depara algunas imágenes imborrables. En manos de Sarnoski, Hood deviene en un trasunto de Nosferatu, un muerto viviente que no puede ser redimido, tan solo sublimado por la leyenda. Aquella que Curtiz elevó a modelo sublime del cine de aventuras.

Deja una respuesta