Assayas está escribiendo una de las páginas más personal e intensa del cine francés contemporáneo. Más que heredero se diría que, en algún modo, estamos ante el último mohicano de la “nouvelle vague”. Acaba de cumplir 64 años, es decir, nació en el tiempo en el que, desde Cahiers du Cinéma, se pergeñaba la fundación de la nueva ola.

Lejos, muy lejos, del tono oscuro e inquietante del Terence Davies de “The Deep Blue Sea” e incapaz de seguir los luminosos caminos del melodrama abiertos por David Lean; “El día que vendrá” se sostiene en pie porque cuenta con una poderosa historia en donde se analiza un resbaladizo puente entre los prejuicios y la reconciliación, entre el perdón y la culpa.

Las dos únicas bombas atómicas arrojadas contra la humanidad arrasaron Japón, pero avisaban a la URSS. En realidad fueron una macabra y criminal amenaza. Para entonces, agosto de 1945, los japoneses solo (man)tenían su código de honor porque la derrota ya estaba consumada.

Cuando se hable de la Disney del final del siglo XX y, en especial, de la del comienzo del XXI, habrá dos hitos icónicos que será bueno analizar. Uno lo representa Pixar y su cabeza visible, John Lasseter. El otro, responde al nombre de Tim Burton. Ambos fueron extraños -y evitados- en el paraíso de la Disney después de Walt; hoy ambos portean la tabla de salvación del misterio existencial del imperio de Mickey Mouse.

Narrada bajo el aspecto de un enorme flashback, “Conociendo a Astrid” se centra en apenas media docena de años de la vida de la celebrada autora de Pipi Calzaslargas. Salvo algunos contrapuntos que muestran a una Astrid ya anciana rodeada de cartas con dibujos y dedicatorias de jóvenes lectoras que agradecen su sensibilidad, el 95% del metraje de este biopic dirigido por Pernille Fischer Christensen se centra en el paso crucial de la adolescencia a la maternidad. Es decir, ese tiempo en el que, para la directora y coguionista, se forjó el acervo de la archiconocida escritora sueca.

En 1988 Almodóvar consiguió el milagro de sumar públicos antagónicos al filmar “Mujeres al borde de un ataque de nervios”. En la cartografía curricular de Pedro Almodóvar, llena siempre de altas ambiciones y de irreprimibles narcisismos, aquella película supuso una suerte de amalgama de sus principales rasgos estilísticos.

“Bel canto” ofrece tan buenas intenciones como malas decisiones. Pero más allá de su contenido concreto, en una primera mirada merece la pena cruzarla con la considerada por Hollywood mejor película USA de este año. Porque, curiosamente, “Bel canto” coincide con “Green Book” en los orígenes de sus realizadores. Paul Weitz, como Peter Farrelly, comenzó en el cine codirigiendo con su hermano.

En “Déjame salir”, un debutante director de origen afroamericano utilizaba el terror para denunciar el racismo. Se servía de la metáfora para desnudar la realidad. Aquel filme estimable titubeaba en su recta final. Jordan Peele, esa era la sensación, tras recrear el texto original del autor de “La semilla del diablo”, después de cuestionar la nobleza de la familia americana, dejaba entrar una cierta esperanza en la América que se disponía a soportar a Donald Trump.

La película arranca sobre el primer plano de dos sombreros bombín colgados en un perchero. Conforme el encuadre se abre y se ensancha el campo de visión veremos, hablando, a sus dueños; los protagonistas que dan título al filme: Stan Laurel y Oliver Hardy. Estamos, un rótulo así lo indica, en 1937, en unos estudios cinematográficos. La conversación entre Stan y Oliver se ejecuta entre dos espejos colocados de manera estratégica.