Presidido por un aire de turbio extrañamiento, “La última lección” trata de descifrar el tembloroso palpitar de la brújula del presente. ¿Dónde está el norte, cuando el norte se deshace por el cambio climático y la corrosiva acción de una humanidad en crisis preludia su Armagedón? Con el acento puesto en esta ambiciosa e inabarcable cuestión, Sébastien Marnier se apropia y adapta a su universo la novela “La hora de la salida” (2002), de Christophe Dufossé.
Neil Jordan, como Verhoeven y Herzog, por citar otros veteranos europeos enredados por EE.UU. y curtidos en una cinematografía trashumante y transterrada, lleva muchas películas y muchos sobresaltos a cuestas como para pensar la tontería de que uno vale lo que recauda su último trabajo. Este irlandés que atravesó el final del siglo XX desplegando un repertorio tan brillante como desconcertante, “En compañía de lobos” (1984) “, Mona Lisa” (1986), “El hotel de los fantasmas (1988), “Juego de lágrimas” (1992), “Entrevista con el vampiro” (1994) y “Michael Collins” (1996) no pudo, quiso o supo mantener el tipo a lo largo del siglo XXI.
Julie Bertucelli pisa con insolencia un territorio en el que hay muchas posibilidades de resbalar. Sin complejos ni precauciones, “La última locura de Claire Darling” hace honor a su nombre. Es decir, la película se abisma locamente. Se precipita en la nada tras una reflexión amarga, revestida con esa insensatez que corroe toda obra que asume la inevitabilidad de la muerte como si el mundo ignorase la fugacidad de la existencia.
“Hellboy” tuvo un padre al que le debe su ADN primigenio: el ilustrador y escritor de cómic californiano, Mike Mignola (Berkely, 1960). Pero en su traspaso al cine, “Hellboy” se encontró con un padrino que no se conformó con ilustrar lo que había nacido para las páginas impresas, sino que le confirió ecos de su propia existencia.
Zhang Yimou carga con el peso de la cruz de la “Quinta Generación”. Fue aquella, una camada de profesionales del cine crecida en plena revolución cultural. La del último delirio de Mao, la que sospechaba de todo atisbo de intelectualidad y condenaba a campos de trabajo a quienes no provenían del mundo rural.
Lo dijimos en su desembarco en el pasado SSIFF. En el ADN de Louis Garrel va grabado a fuego la fiebre por la profesión. Hijo de director y actriz, nieto de ilustres profesionales del cine, casado con una de las actrices protagonistas de este filme, Laetitia Casta, este actor, director y guionista se desayuna con cine, con cine se acuesta y con él se levanta.
Sin duda, el título evocará en el buen aficionado la histórica película de Jack Arnold, “The Incredible Shrinking Man” (1957) obra que, a su vez, iluminó parte del hacer de Almodóvar en “Hable con ella”. El cine -la cultura- tiene esas cosas, entremezcla ecos que aparentemente nunca hubiéramos imaginado juntos y crea extrañas sinfonías.
“Vitoria, 3 de marzo” transcurre entre dos canciones, entre dos emociones unidas por su vértice pero, antagónicas en su contenido. Entre “A galopar” de Paco Ibáñez y “Campanades a mort” de Lluis Llach se escenifica una de las páginas más dramáticas de la transición española tras la muerte de Franco.



