En los últimos segundos, cuando el personaje de Isabelle Huppert se retira de la habitación donde junto a sus hijos celebra la navidad y se queda a solas con su nieta, Mia Hansen-Løve parece subrayar la evidencia de una aceptación. Para muchos una claudicación. Para algunos, una derrota. Hasta llegar aquí, su crónica familiar ha recorrido en apenas unos meses, el desmoronamiento de un hogar aparentemente feliz, razonablemente acomodado.

La apariencia engaña. Hace unos días, Bayona posaba al lado de Sigourney Weaver. El director, bastante más joven que la oficial Ripley, parecía, ante la notable envergadura de la actriz, casi un niño. Nada parecía sugerir que, con el motor en marcha y la cámara abierta a la luz, Bayona se transforma en un gigante que impone su ley. En tres zancadas: El orfanato, Lo imposible y A Monster Calls, ha llegado más lejos que ningún otro director español.

No debe ser fácil llevar un apellido ilustre. Hijo y sobrino respectivamente de Fernando y David Trueba, dos torres en el ajedrez del cine español, Jonás carga con un pesado lastre. En el debe se le tributará la ayuda de la sangre; en el haber, arrastrará los tropiezos propios y soportará los despropósitos heredados.

Han pasado más de treinta años del debú como director de largometrajes de Tim Burton. Cuarenta y cuatro desde su primer cortometraje. Todos saben que fue un chico Disney, al que la factoría Disney, en horas bajas, no supo entender. Desde entonces, 18 largometrajes como director, más un puñado como productor, establecen una carrera irregularmente notable. Se le achaca que ya no es el que era pero, a estas alturas, ese que era no queda claro a qué se refiere.

Detrás de Elle se descubre a una actriz descomunal y a un director único. Son dos bichos raros; lo saben y lo sabemos. Isabelle Huppert, rostro estrellado, cuerpo adolescente, sexagenaria capaz de seducir a quien se le ponga por delante, encarna en Elle a una mujer mucho más joven. Y al ver su interpretación, un papel complejo, esquinado, herrumbroso; se sabe que nadie podría haberlo hecho de ese modo.

Como en El cartero siempre llama dos veces, dos veces le ha ocurrido a Stephen Frears lo mismo. En 1988 filmó Las amistades peligrosas, una pieza emblemática de su tiempo. Pocos meses después, Milos Forman presentaba Valmont. Ambas contaban lo mismo, solo que de manera muy diferente. Ambas habían sido inspiradas por el texto de Choderlos de Laclos.

Estamos huérfanos de un cine que tome partido con la realidad, que se manche en sus retratos, que destape lo que sospechamos pero no se airea. Por esa falta de costumbre cuando nos llega un filme como éste, El hombre de las mil caras, y nos obligar a conjugar el recuerdo que percibimos como real, con lo recreado que sin duda está mejor documentado pero nos suena a artificio, no sabemos qué cara poner.