Maíllo en Toro parece coincidir con algunos precedentes del cine español de los últimos años; ese que ya sin complejos ni memorias por reivindicar está más pendiente de Hitchcock y los Coen que de Buñuel o Berlanga. Maíllo, como antes el Agustín Díaz Yanes de Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto y el Enrique Urbizu de No habrá paz para los malvados, se sumerge en la oscura cartografía del género negro español.
Hay algo más que ironía cuando, con el plano de apertura, la voz del narrador, que luego sabremos pertenece a Igor, avisa de que estamos ante una historia conocida. Tiene razón. Toda persona que se dispone a ver un filme titulado Victor Frankenstein algo sabe (y algo prevé) respecto a su argumento. Por otra parte, en la ficha técnica, su guionista no duda en reconocer la inspiración a quien fue su creadora, Mary Shelley; pero también en esto, como en todo lo anterior, nada es exactamente lo que parece, nada se ajusta al pie de la letra.
Julieta, pese a sospechosas defensas encendidas desde la amistad, certifica que el talento de Pedro Almodóvar emite señales de hipotermia. Su arquetípico cine (mal)vive en horas blandas. Se observa una preocupante anemia narrativa en el autor que mejor radiografió la España de la transición. Y eso ocurre justo cuando el milagro de los 80 huele a truco de feria. Ahora que la movida (a)parece helada y que el contrapeso de la ruralidad manchega de unas raíces fosilizadas no (con)mueve nada, Almodóvar no corre como antaño; ahora apenas anda.
Cuando se cumple media hora de duración, Objetivo: Londres ya no tiene nada que decir. En ese momento, el mundo, según la fábula distópica que convoca y pergeña el filme de Babak Najafi, ha perdido a buena parte de sus líderes. El terrorismo controla Londres y el presidente de los EE.UU. se ha convertido en una pieza de caza sobre la que sobrevuelan como buitres un número inagotable de mercenarios islámicos. Es el único líder mundial vivo.
La historia de Madame Marguerite tiene la mirada puesta en la hermana de los hermanos Marx, de quien toma su nombre a modo de guiño y homenaje, y los pies asentados en la vorágine que sacudió la Francia de los años 20. Allí, en pleno delirio del París de los surrealistas y dadaístas, sacudida por los arrebatos de la sociedad que lamía las terribles cicatrices de la primera guerra mundial sin percibir que aquellos horrores iban a ser superados por otros que tenían que venir, Xavier Giannoli firma un filme tan sobrecogedor como extraño.
A partir de lo que fue un best seller literario, la película de Burr Steers, Orgullo+ prejuicio + zombies permanece fiel a su fuente de inspiración. En su día, Seth Grahame-Smith tuvo el acierto de fusionar el acerado romanticismo salpicado de irónica prosa de Jane Austen con un revival de muertos vivientes, que se llevaba mucho tiempo esperando.
Aunque no figura en los créditos, Snyder y Goyer parecen haber escrito el guión con el rabillo del ojo atento a Žižek, o al menos, sin perder de vista sus análisis. De hecho, lo mejor de esta película consiste en esperar qué puede llegar a decir de ella este ensayista que usa las películas para desnudar las contradicciones de un sistema monocromático abonado a una crisis ¿líquida?

