Antes de dirigir Iron Man 3 (2013), y antes de debutar como director con Kiss Kiss Bang Bang (2005), Shane Black fue actor en sus comienzos y luego guionista. Como escritor de relatos fílmicos, bastaría con citar El último gran héroe (1993) dirigida por John McTiernan y El último Boy Scout (1991) de Tony Scott, para certificar que Black no es ni mediocre ni bisoño.

Eddie, el águila apenas tiene fisuras. Solvente y bien barnizada, se agarra con uñas y dientes a una gran estrella actoral, Hugh Jackman. Sin embargo, con ser el suyo un personaje decisivo, Jackman no es el protagonista. Eso ya resulta paradójico. El caso es que esta producción británico-germano-USA de rango medio, según el baremo yanqui, desgrana una historia de superación, una fábula inspirada en hechos reales de esos que ponen la piel de gallina a los adictos al lloriqueo.

Acantilado combina, en su arranque, dos imágenes primigenias del origen de la sociedad humana: el agua y el fuego. Luego, a continuación, Helena Taberna, su directora y coguionista, escenifica un ritual de muerte; un multitudinario sacrificio humano que dará lugar a un filme de acción y misterio. Su argumento bebe libremente de la novela El contenido del silencio de Lucía Etxebarría. Y su factura se adentra decididamente en ese territorio de la clase media del cine español que, con mayor o menor fortuna, directores como Alberto Rodríguez, Daniel Monzón y Enrique Urbizu, tratan de sostener

A Tim Burton se le lapidó por su excéntrica versión de Alicia en el país de las maravillas (2011). Enfadaron las libertades argumentales y el cambio de la edad de la protagonista. Su Alicia no era la niña a punto de (pre)sentir las turbaciones de una adolescente. Era una joven que se enfrentaba a su iniciación sexual y a su compromiso matrimonial en un clima donde lo que estaba en juego era la independencia de la mujer y la renuncia en la vida adulta al mundo de la fantasía.

Desde hace unos cuantos años, el cine francés, territorio abonado para el llamado cine de autor, ha sabido cultivar un tipo de películas amables destinadas a un público adulto. En el país de la Nouvelle Vague, en la cuna de los Godard, Marker, Resnais, Rivette y compañía, hay en pleno siglo XXI un sitio para una serie de producciones abiertamente comerciales que son las que sostienen el peso de su industria. Un modelo que el cine español no ha conseguido conformar y en el que abundan títulos cómodos para una experiencia agradecida.

Con X-Men ya no hay sorpresa alguna. Y con Bryan Singer se garantiza que quien dirige conoce el material de partida, nadie discutiría que le gusta y parece obvio que disfruta llevándolo al cine. Por otro lado, se ha dicho en anteriores ocasiones, hay una gran diferencia entre lo que ocurre en las aventuras de papel y el cine. En los tebeos, los detalles biográficos de los protagonistas rara vez ilustran las nuevas entregas en donde lo que importa no es sino la capacidad de idear nuevas empresas, nuevos peligros. Nadie se compra un cómic de El Capitán América esperando encontrar en él la historia de su origen.

Cuando Ken Loach presentó Tierra y libertad, entrevistándole, al percibir en él un entusiasmo por lo que significaba el sacrificio de miles de milicianos republicanos, le pregunté al director británico quiénes, en la España del final de los 80, podían ser y actuar como los soldados republicanos de su película. No lo pensó ni un segundo. “Mis actores”, contestó sin dudarlo. Entre aquellos actores, había una mujer llamada Icíar Bollaín, la más convencida entre las (con)vencidas.

Cada vez que el protagonista de una película aparece citado en los créditos también como productor, conviene ponerse en guardia. El hecho es mucho más habitual de lo que parece, y casi siempre obedece a un proceso de búsqueda y necesidad del intérprete para recuperar un prestigio maltrecho. Por eso, sean buenas, malas o regulares, hay en todas ellas el aroma inconfundible del reconstituyente milagroso.

Recientemente en el paseo bilbaíno del Muelle Marzana, se colocó una placa que recuerda que allí vivió Rafael Padilla, alias Chocolate, un emigrante cubano que, a finales del siglo XIX, llegó a Bilbao siendo niño y que acabó en París para convertirse en artista. Su historia, rescatada hace unos pocos años, fue objeto de una novela. De aquel libro biográfico ha surgido este filme, de presupuesto abundante y relato desconcertante y desconcertado, que se centra en su vida pública.

Hace 14 años Inés París y Daniela Fejerman irrumpían en el panorama del cine español con una comedia de probada eficacia y buen ritmo. Había algo insólito y prometedor en aquel A mi madre le gustan las mujeres. Desde la propia naturaleza de la dirección, dos mujeres al unísono, el otro caso paradigmático sería el de Maitena Muruzábal y Candela Figueira; al hecho de adentrarse en un género, el de la comedia en el que muchos lo intentan y pocos lo logran.