En Caníbal, su director y coguionista, Martín Cuenca (con)forma un adagio sobre el derrumbe del bien. O, si se prefiere, sobre el privilegio del mal y su insensibilidad ante la culpa. Ese querer dar forma a este cuento de ignominia implica un giro de 180 grados. Entre el primer plano y el último, la cámara de Manuel Martín Cuenca deambula y se traslada de la víctima al verdugo. El filme se abre con un plano general para desvanecerse en negro ante el plano de un rostro.
A partir de un artículo publicado en una de esas revistas de “vanidad y mujeres”, Sofia Coppola (re)compone un retrato sobre el vacío y la estulticia. Entre Las vírgenes suicidas (1999) y estas “zorras -así se llaman entre ellas- ladronas” no consiguen alcanzar todas juntas más de media docena de neuronas.
Si las películas durasen media hora, Alex de la Iglesia sería el mejor director español de la actualidad. Se ha afirmado eso tantas veces que empieza a ser reiterativo. Pero a él, le da igual, él insiste y no se enmienda. No hay película suya que no crezca sobre un punto de partida singular, atractivo, prometedor.
Si alguna vez merece la pena superar la animadversión que provoca el 3D, colocarse unas gafas que han reposado en cientos de narices ajenas y encarar esa sensación de artificio permanente, es aquí, en este filme. Nunca como ahora, la tridimensionalidad ha sido digna de pagar el excesivo precio que cobran por verla.
Con el fútbol como pretexto y la familia como tema, Daniel Sánchez Arévalo (Azuloscurocasinegro, 2006; Gordos, 2009 y Primos, 2011) avanza otro pasito más en un proceso que, conscientemente o no, ha ido rebajando la tensión y la negritud de su ópera prima para introducir tonos más luminosos, más de caricatura humorística.
Hay detalles que parecen gritos, pueden ser pequeñas costuras en el fuselaje fílmico (hablamos de cine) pero provocan graves dudas sobre la seriedad del prototipo. Suele pasar con los guiones. Allí donde en la palabra escrita se percibe una arruga extraña, un abrochamiento artificial, un forzamiento al verosímil; en la pantalla, ante la imagen expandida, la sombra deviene en tinieblas y el artificio evidencia toda su trampa, toda su vergüenza.
Se puede entender este Cruce de caminos como una suma de conjuntos, un filme río que no es lo que parece y que no reniega ni a identificarse con su tiempo ni a asumir el peso de la tradición. En su estructura ósea, Derek Cianfrance esboza un interesante ensayo sobre el peso de la sangre y la deuda de la genética.
Cuando el público impaciente prepara su huida de la sala, en los compases postreros, tras la traca final, Jeff Nichols inserta dos planos fugaces, apenas dos fogonazos. Casi no hay tiempo para que el espectador pueda percibir qué es lo que en realidad ha visto. ¿Un cadáver en el agua? ¿Un hombre dormido? Entonces…¿qué ha pasado? Todo y nada.
El título que da noticia del contenido de este filme, La piedra de la paciencia, surge de una antigua tradición persa. Lo cuenta en la película una mujer a su sobrina en medio de la locura talibán, en pleno reino de tinieblas de burka y fundamentalismo. Estamos, tal vez, en el corazón de la noche de la guerra civil de Afganistán, aunque ciertamente el tiempo histórico carece de precisión en este relato.


