En el espacio imaginario en el que, por un instante, intercambian las miradas el cine clásico de John Ford con la posmodernidad surrealista de David Lynch, se edifica Sólo Dios perdona. Un filme inclasificable que se quiere contemporáneo pero que no duda en utilizar los fundamentos del cine de héroes capaces de imponer la justicia, aunque eso implique quebrantar la ley.
A los quince minutos, las alarmas que provoca Don Jon se apoderan incluso de aquellos espectadores que se identifican con su protagonista. A la hora y cuarto se hace evidente que este actor-director-guionista sabe lo que hace y en ese hacer lo que sabe late una bofetada a tanta exaltación erótica de comedia gruesa para descerebrados que van al cine en busca de carne, chistes y destrucción.
Ganadora de la Palma de Oro en la última edición del festival de Cannes, La vida de Adèle se ha subido al cielo de la polémica con poderosos argumentos. Levanta pasiones y enfrentamientos, cautiva y perturba. Fascina, pellizca y repele como lo hicieron en otro tiempo obras inclasificables que van desde El último tango en París a Saló, pasando por Los idiotas y La pianista, por citar algunos ejemplos.
Musa de Luis Buñuel, Catherine Deneuve es una belle de jour si no de eterna juventud, ¡ay! eso no existe, sí de una atractiva dignidad que desafía el paso del tiempo. A sus setenta años interpreta en esta película de buenas intenciones y suaves maneras, la ¿última? huida hacia adelante de una madura mujer a la que le engaña el amante y se le hunde el negocio.
Desde los títulos de crédito, el interior de un piano captado a través de una mirada que juega con los desenfoques y con los tamaños; o sea con las deformaciones que provoca la intersección de ambos recursos, se nos informa que aquí hay un director de pasión y cinefagia. Incluso ese detalle, arrancar con las credenciales en cuyos resquicios descansa la clave del filme, delata unas fuentes que saben del cine manierista de los años 50.
Hace apenas tres meses James Wan, uno de esos valores del neo-terror del American Gothic, ratificaba con The Conjuring que se había convertido en uno de los grandes clásicos de nuestro tiempo. Autor de Saw, una de esas películas capaces de introducir una nueva variante en un territorio abonado por la inventiva, la heterodoxia y lo bizarro, James Wan y su inseparable coguionista y compañero, Leigh Whannell, ocupan el lugar que en el pasado disfrutaron gentes como John Carpenter, Joe Dante e incluso Sam Raimi.
El mayordomo que da título a este filme, el hombre al que Lee Daniels (Precious, 2009, The paper boy, 2012) le hace un homenaje fervoroso, existió en la realidad. Llegó a la Casa Blanca casi por casualidad y con gesto sumiso. Trabajó sin interrupción al servicio de todos los presidentes yanquis desde Eisenhower a Reagan.
El contexto histórico de la última película de Lucía Puenzo (El niño pez, 2009 y XXY, 2007) es fiel a los hechos. Sin embargo su ficción, su puesta en escena, es orfebrería y ensayo. Por ello, El médico alemán aparece como un sugerente poema sin ripios acerca del horror sin conciencia. Una mirada introspectiva que hurga en los pliegues del enigma y de la reflexión.



