Título Original: VERITY Dirección: Michael Showalter Guion: Nick Antosca a partir de la novela de Colleen Hoover Intérpretes: Anne Hathaway, Dakota Johnson, Josh Hartnett e Ismael Cruz Cordova País: EE.UU. 2026 Duración: 114 minutos
La no verdad
Lo de Anne Hathaway este año resulta agotador, al menos para ella. En apenas cuatro meses se le ha visto en cinco películas. Además de esta incursión sobre la verdad y la mentira titulada «Verity», ella reinaba en «El diablo viste de Prada 2», era la estrella oscura de «Mother Mary», asumía el mando familiar en «El final de Oak Street» y su «Penélope» era, junto al «Ulises» de Damon, lo mejor de «La Odisea». Dicho de otro modo, Hathaway ha trabajado en apenas unos meses en registros diferentes bajo directores antagónicos y en géneros que van de la comedia al drama, del terror al thriller pasando por el cine ochentero de aventuras y fantasía. Aquí comparte jerarquía con Dakota Johnson y ambas, que desprenden chispas y sueltan fuego, escenifican un enfrentamiento que tiene a la novela negra de ventas millonarias como telón de fondo.
La verdadera cuestión que se dirime en ese pulso entre ambas, con trompetas lejanas que evocan a «La asistenta», gira y gira sobre una cuestión vertebral. Su leit motiv apunta a la frágil línea de sombra que separa al autor, al narrador, de los mundos (y de las atrocidades) que imagina.
En el fondo de su trama palpita la vieja cita de Emil Cioran: «Escribo para no matar». El propio Cioran diría también aquello de «No vale la pena matarse, porque siempre te matas demasiado tarde». Ese pesimista sin remedio, Cioran, dio base a la manoseada creencia de que los artistas plasman atrocidades en sus obras como sublimación -ahí aparece Sigmund Freud– de los impulsos tanáticos. «Verity» se aferra a ese concepto de la escritura como terapia sanadora, como una herramienta creativa de supervivencia mental y de efectos terapéuticos retorciendo su fundamento.
Lo que acontece es que Michael Showalter (New Jersey, 1970), un comediante demasiado banal para una obra tan perversa y lóbrega, entre las tinieblas del thriller y la sensualidad libidinosa de ese triángulo que junto a Anne Hathaway y Dakota Johnson conforma Josh Hartnett, se abraza a la coartada erótica al estilo de las sombras de Grey. Al hacerlo así, Showalter deja entrar dudas acerca de la solvencia de su historia. Como dedica mucho tiempo a alimentar el aparente atractivo de lujo y sensualidad inherente a la puesta en escena, olvida aquello que Hitchcock hacía sin quitarse el puro. Minimizar el macguffin, el anzuelo, y fortalecer los pequeños detalles que confieren verdad a sus «señuelos». Es decir, «Verity» se resquebraja porque su verosimilitud es débil, porque no ata los cabos sueltos y porque cuando se enciende la luz de la sala, se percibe que la película se ha fundido con la nada.
