Todas las acepciones y sinónimos de “obvio” dan noticia del material que sostiene a “El hoyo”. La expresión repetida obsesivamente por uno de los personajes de manera tan reiterativa que termina por contagiarlo todo, da noticia de lo mejor y lo peor de un filme singular y claustrofóbico.

La materia que conforma lo que “Ventajas de viajar en tren” lleva en su interior carece, en apariencia, de identidad reconocible. Esta primera película de larga duración de Aritz Moreno si no estuviera interpretada por actores de cuajo hondo y recorrido largo, costaría trabajo saber a qué país pertenece. Esa singularidad, ese toque, más excéntrico que exótico, cabría atribuirlo al autor de la novela que le sirve de partida. O sea al recomendable Antonio Orejudo.

El despegue de este viaje al corazón de la ignominia resulta tan ensordecedor como inaudible. No hay aliento. Todo irrita y todo fluye en la carrera desesperada de su protagonista. Los jadeos y la peculiaridad del habla, una marcada entonación andaluza, dificultan su comprensión. Oímos hablar a los personajes, pero no siempre entendemos sus palabras. Da igual. Resulta evidente el sentido de lo que se nos cuenta. El filme recrea ese latigazo letal que envenenó la historia de España un 18 de julio de 1936.

Entre la denominada trilogía del Baztán y la trilogía de la Ciudad Blanca hay tantas semejanzas,que resulta evidente que ambos casos responden a un cierto espíritu de época. En cierto modo se diría que saben ser, ir y estar a la moda. Hijas de este tiempo, ambas trilogías han sido engendradas por novelistas de best-seller de aeropuerto, de escritura de digestión leve y literatura escasa.

En sus primeros compases, los ojos se llenan de incredulidad. ¿Qué estamos viendo? ¿Qué pasa? La imagen de un bosque que se desmorona nos indica que Oliver Laxe mira a la naturaleza con la misma pasión delirante con la que Herzog y Tarkovski supieron representarla. Laxe escruta su tierra originaria con dolor oceánico. Desde la (com)pasión recrea el lugar del que proviene, la Galicia rural que cada día ve diezmar su población y que cada verano recibe la mordedura de un fuego abrasador que arrasa sus montes.

Rodada en euskera y heredera de un filme pionero en su género realizado hace casi 15 años, “Agur Etxebeste” aparece como una comedia de humor suave y crítica leve. Asume y quiere ser un producto amable que pellizca sin herir y que entretiene sin apasionar. Evita los barros de cierta comedia grotesca de escatología y humor chusco a cambio de conformar un divertimento, de baja intensidad y corto alcance.

La secuencia más impactante, tal vez la mejor filmada, acontece en una carretera camino de Salamanca. En ella, un Millán Astray arrebatado por su divina misión, arenga a las tropas de la legión. Por supuesto Amenábar asume que se trata de la misma legión que todas las semanas santas, cuando levanta la cruz, pone los pelos de punta a nazarenos sin memoria y turistas sin conocimiento.

Estructurada como una obra teatral, su desarrollo fluye de manera obsesiva en el interior de una vivienda. En concreto, en el cuarto de estar donde seis personajes esperan las cartas postreras que un amigo suicidado les ha escrito a modo de clausura y epitafio. Con un argumento bastante manoseado, (sí como los amigos de Peter), transcurre este filme del que, como la vieja canción de Barricada, podría decirse que lo suyo “es puro teatro”.

Probablemente lo más relevante de “Vivir dos veces” sea una adolescente llamada Mafalda Carbonell. No podemos todavía saber si será una gran actriz pero, sin duda, en ella habita lo más sincero de un filme demasiado preocupado por endulzar lo que no admite paños calientes ni miradas poéticas. El Alzheimer representa una auténtica maldición.

Dentro de un tiempo, en realidad espero que en las escuelas de cine de ahora mismo, deberá explicarse que en el cine español del vértice que une el siglo XX con el XXI; más allá del brillo de los Almodóvar, los Amenábar y los Bayona; o sea ese cine de laurel y premio, había otra manera de pensar y utilizar el medio cinematográfico.