En el último suspiro de “Explota, explota”, Raffaella Carrà sonríe a la cámara por un breve instante. Aparece dirigiendo el tráfico en un cameo intencionado del realizador porque, en efecto, sin sus canciones, esta película no existiría. Son ellas y el recuerdo que convocan, quienes conforman y dirigen la naturaleza de esta cita con el cine popular español de los años 60 y 70.
Hay realizadores que se enfrentan al oficio de filmar películas desde las tripas. No andan con balas de fogueo ni con estrategias defensivas. Para lo bueno y para lo malo, se arriman tanto al meollo de sus relatos, meten tanto de sí mismos en sus argumentos, que resulta difícil esquivar y aceptar el mazazo emocional que aspiran a dar.
Hay relatos en los que se acumulan decenas de anécdotas, incontables personajes; pero prácticamente nada sucede en su interior salvo una confusa algarabía. Hay otros, que hacen de la inmovilidad y la contemplación su libro de estilo; y, sin acontecer en ellos nada, la mirada se abisma hondo y el público presiente la llamada de lo inexplicable.
En esta “Boda” se ha querido ver a la Icíar Bollaín de su opera prima. Cierto. Aquí está. Y no sola precisamente. Están ella, coautora del guión junto a Alicia Luna; un reparto con oficio y solvencia; y Candela Peña, una de las dos protagonistas de aquella comedia de buenas intenciones y grandes esperanzas. Han pasado 25 años desde entonces.
Según el saber y el decir de Francisco Marhuenda, el director de “La Razón”, Santiago Segura roza la genialidad. En este punto de valoración del talento, con quien tiene y manda en “La Razón”, poco cabría discutir. Además, cualquier objeción a sus escasas virtudes cinematográficas sería barrida por una incuestionable evidencia.
Del “Expediente Warren” a “Insidious”, el cine del presente parece sensible a rescatar la tradición de las casas encantadas. La lista es larga y la calidad no es escasa. Incluso el cine español, históricamente tan refractario a lo fantástico, ha dado a lo largo del siglo XXI síntomas de una vitalidad inédita.
Voluntariamente o no, la denominada “Trilogía del Baztán” de Dolores Redondo ha asumido representar aquí un papel análogo al que la serie “Millennium” de Stieg Larsson significó para la narrativa sueca. De hecho, la sombra de la obra de Larsson ha sobrevolado de manera permanente las desventuras de Amaia Salazar.
Leo Harlem puede ser considerado uno de los humoristas más emblemáticos de la España de estos momentos. Su personaje, una especie de superviviente castizo que se aferra a los viejos sabores para evidenciar la vacuidad e insipidez de los “neovalores” de una sociedad de consumo y postureo, se construye sobre un profesional curtido de verbo afilado e ingenio rápido.
Un error común consiste en creer que la abundancia de palabras denota ingenio. Sus efectos son tan calamitosos como los que se derivan de pensar que los silencios ocultan profundidad y misterio. “La maldición del guapo” se apunta al primer desacierto, al que profesa una querencia enfermiza por la retórica y el verbo.
Todo se desarrolla en un parque; paseo arriba, paseo abajo. En él, el guion se ocupa de tres hipotéticas amigas construidas con eso que se denomina carpintería teatral de alto oficio y bajo riesgo. O sea, las tres mujeres protagonistas asumen tres roles muy diferenciados para que sirvan de muestrario y reflejo.

