Todavía sin saber qué nos aguarda, Antonio Méndez Esparza envenena la banda sonora de su filme con una música estridente, enervante. Apenas se escucha el diálogo de dos mujeres martirizado por una música extradiegética cuya perturbadora presencia nos da la clave.
Un mes y un día antes de que Franco diera rienda suelta a su naturaleza de depredador sanguinario con el «alzamiento nacional», nació Ken Loach. Aunque en su filmografía la guerra civil española ya había estado presente, fue cincuenta y nueve años después cuando Loach filmó «Tierra y libertad», su visión de una contienda, más bien una masacre, que él reconstruyó de manera espartana.
Aunque todos y cada uno de los recovecos que conforman esta biografía levantada sobre la novela de Gerard Jofra, el hijo mayor de Eugenio, huelan a verdad, David Trueba no puede evitar la sospecha de que su acercamiento al famoso humorista catalán ha sido forjado con el hándicap de excesivos filtros.
Si se atiende a su sinopsis, el guión coescrito por Walter Salles, Rafa Russo e Isabel Coixet a partir de la novela de Hernán Rivera, resulta muy sugestivo, esperanzador. En él se percibe una cinefilia de libro, hay pasión de folletín, personajes con evolución dramática y un contexto histórico único ubicado en el Chile que pasó de la utopía de Allende al infierno de Pinochet. Lo tiene todo.
Robin Campillo pertenece a una generación de cineastas franceses nacida en el campo de juego establecido por la Nouvelle Vague. No lo tuvieron fácil. Cuando llegaron a la adolescencia, el negocio del cine había sufrido la invasión infantiloide de los Spielberg-Lucas; los efectos especiales reinaban por encima de un buen guión y el (ocio del) mundo se había cansado de los experimentos formales, del cine-ensayo y de la modernidad.
Tras un contundente thriller, «Código emperador» (2022) que oscilaba entre «El reino» de Sorogoyen y las diferentes entregas de la saga Bourne, Jorge Coira ha optado por cambiar de aires. Del claroscuro del polar hispano al rosa con (son)risas de una comedia romántica que Coira pone en manos de Blanca Suárez, principal protagonista del filme.





