La inocencia a la que hace referencia el título no obedece a la de la niñez, sino a la de una pubertad “peterpanizada” que ni sabe, ni quiere madurar. Poco importa que su protagonista haya deambulado por el camino del sexo, las drogas y la música dance; ella, a sus quince años, se mueve como una irresponsable que sueña con ser una estrella circense y que prueba su habilidad colgada como un vampiro en las barras de los columpios infantiles.
De la capacidad como directora de Greta Gerwig, actriz estadounidense de ascendencia alemana, tuvimos noticia cuando hace dos años presentó “Lady Bird”, un “mumblecore”, un retrato juvenil, que tenía en Saoirse Ronan a esa intérprete en estado de gracia capaz de sublimar el papel que se le ha otorgado.
Las crónicas periodísticas publicadas en los primeros momentos decían que esta adaptación cinematográfica de “Cats” era “cat/astrófica”, y decía bien. Esta era una de esas decenas de juegos retóricos con los que se ha buscado provocar la hilaridad para recompensar a quienes han sufrido las consecuencias de haberla visto.
El saber popular no se cansa de repetirlo, de buenas intenciones el infierno se llena. Ese averno está tan lleno de ellas como lo estuvieron hace unos años los videoclubs, y hoy las plataformas, de malas películas que creyeron que estaban haciendo algo decente. La decencia, en este caso, se reviste de reflexión sobre los otros, sobre la población emigrante en la Francia del bienestar.
Le hubiera bastado (y le hubiera salvado) a Alice Winocour con concluir su película antes del inicio de la cuarentena previa al lanzamiento de “Proxima”, nombre de la operación espacial de la que forma parte su protagonista, para haber firmado una buena película. De haber sido así, ahora estaríamos ante uno de los mejores textos sobre el peaje que cada día, en cada circunstancia, paga la mujer por ser mujer en un mundo de patriarcas.
Entre el principio y el final de “El joven Ahmed” se alberga y se describe un proceso criminal y envilecedor. Un periplo sin sentido en el que, como se cuestionaba Hannah Arendt (1906-1975) al interrogarse por el fanatismo nazi, se impone “la lección de la terrible banalidad del mal, ante la que las palabras y el pensamiento se sienten impotentes”.





