Giuseppe Capotondi no es ningún recién llegado, aunque la mayor parte de su oficio como realizador pertenezca al formato televisivo. De todo su hacer, el mundo de los vídeos musicales supone su mayor y mejor experiencia audiovisual forjada bajo banderas italianas, británicas y estadounidenses.
Voluntariamente o no, la denominada “Trilogía del Baztán” de Dolores Redondo ha asumido representar aquí un papel análogo al que la serie “Millennium” de Stieg Larsson significó para la narrativa sueca. De hecho, la sombra de la obra de Larsson ha sobrevolado de manera permanente las desventuras de Amaia Salazar.
Su verdadero título, “Tel Aviv on Fire” significa doblemente. Tanto designa a este largometraje como alude al título de la “tele-serie” en torno a la que se inscribe la acción de este relato que se adentra en la noble tradición de cine que habla de cine. Su argumento es simple, de los de antes. Un joven palestino de poco oficio y ningún beneficio, ve la posibilidad de ganarse la vida como asesor de la lengua hebrea en un culebrón palestino inspirado en una novela escrita por su tío.
Hace veinte años, François Girard, guionista y director franco-canadiense, (Quebec, 1963), empezó a ser reconocido mundialmente gracias al éxito de “El violín rojo” (1998). Dos décadas más tarde, se hace evidente que este realizador encuentra su zona de confort allí donde la música impone su presencia; allí donde el sonido establece la ley.
Todo se desarrolla en un parque; paseo arriba, paseo abajo. En él, el guion se ocupa de tres hipotéticas amigas construidas con eso que se denomina carpintería teatral de alto oficio y bajo riesgo. O sea, las tres mujeres protagonistas asumen tres roles muy diferenciados para que sirvan de muestrario y reflejo.
Antes de hacerse cine, “El plan” surgió como obra teatral. Se representaba en Madrid pues Madrid, el Madrid de currelas en paro, olor a fritanga y cañas y tapas, era el origen y escenario de sus tres protagonistas. El boca a oreja se encargó de popularizar un trabajo que no se podía ver en ningún teatro con escenario a la italiana y patio de butacas.
Si en lugar de 132 minutos, “Queen & Slim” se hubiera quedado en 80, tal vez estaríamos ante la road movie ejemplar de la década. Si en lugar de perderse en aventuras y situaciones absurdas, que buscan sorprender e impactar, hubiera atendido a lo esencial y hubiese profundizado en las aristas, diferencias y aceptamientos de sus dos principales personajes, sería el “Dos en la carretera” del siglo XXI.
En la pieza más emblemática de Stanley Kubrick, “2001. Una odisea espacial’, habita una elipsis antológica. Uno de esos saltos temporales que ha hecho del cine una de las expresiones artísticas más definitorias de lo que fue el siglo XX. En ella, unos primates lanzaban un hueso, convertido en arma defensiva, hacia el cielo para en el plano siguiente mostrar una nave espacial.



