La historia de Johan, el relato de su biografía, nos es contada por el propio Johan, un personaje al que, como señala su título, el mundo parece odiarle pero al que la película, su director y su guionista, definitivamente quieren que se le quiera por encima de todo.
Salvo unos breves instantes, todo lo que recoge este filme testimonial y reivindicativo transcurre en los habitáculos de las Urgencias de un hospital parisino. Su tiempo de ficción, aquel en el que “La fractura” muestra sus efectos, corresponde al otoño de 2018, a los días de humo y sangre de las huelgas de los llamados chalecos amarillos.
En ningún momento del filme, su director, el suizo Stefan Jäger, hace referencia a ello; pero no resulta impropio ver en el perfil de la fotógrafa protagonista de “Monte Veritá”, la sombra de Daphne du Maurier, la autora de “Rebeca” y “Los pájaros”, entre otras novelas que tanto deslumbraron a Hitchcock.
Decía Juan Goytisolo, cuyos restos descansan en el cementerio civil de Larache, al lado de Jean Genet, que cuando uno se va de algún sitio, en realidad ya se había ido antes. Eso, en eso, en un adiós esperado y asumido, se hallan David Henninger (Ralph Fiennes) y su esposa Jo (Jessica Chastain). Forman un matrimonio adinerado y terminal.
La presencia de Nicolas Cage ya preludia que “Pig” no seguirá las directrices del thriller convencional. Ese rechazo a lo rutinario empieza en el guion. No son comunes las mimbres que entrelazan su argumento. En ese libreto coescrito entre el director, Michael Sarnoski, y su compañera de estudios en Yale, Vanessa Block, se apuesta por cierta excentricidad, la que probablemente sedujo a Cage para aceptar el papel.
Habría que descender a profundidades hoy ya casi olvidadas para percibir la nobleza que, a mediados del siglo XX, supieron destilar unos pocos poetas del cine. Que cada uno ponga el nombre que desee; de Mizoguchi a Bresson, de Ozu a Dreyer… No encontrarán muchos y ni siquiera ellos, maestros incuestionables, fueron siempre capaces de rozar lo inasible.
Lejos de Marsella y sin la complicidad de sus habituales, de Ariane Ascaride a Jean-Pierre Darroussin, sorprende encontrarse a Robert Guédiguian a tan larga distancia de su zona de confort. De sus compañeros de viaje permanece Pierre Milon, un director de fotografía habitual en el hacer de Guédiguian y también colaborador frecuente de Laurent Cantet.




