Con un título en castellano que se equivoca y que equivoca, aparece esta ópera prima de una directora nacida en Toronto en 1986 y forjada y fajada en series como «The Great» y «Black Mirror», entre otras. Ally Pankiw irrumpe en la escena del largometraje con un filme de prosa veloz y emociones contenidas.
Reina de la interpretación en Francia y convertida en musa para muchos cineastas extranjeros: de Wes Anderson a Michael Haneke, de Hong Sang-soo a Paul Verhoeven; Isabelle Huppert, la actriz cómplice de Claude Chabrol con quien filmó sus películas más luminosamente oscuras, les devuelve su confianza a todos ellos con silencios que claman.
Casi como una toma falsa, como la última trufa de lo que ha quedado tras una abundante comida, en sus minutos postreros, justo antes de los créditos y agradecimientos, «Volveréis» muestra a Itsaso Arana y Vito Sanz hurgando en el cementerio parisino de Montmartre. Vito, eléctricamente inquieto, busca una lápida ante una cámara excitada con tensión amateur.
La simple descripción de la radiografía familiar que encierra esta obra de Yamada desemboca en un diagnóstico deprimente. «Una madre de Tokio» retrata tres personajes al borde del desahucio. Una abuela viuda que siente el aliento de la ancianidad al tiempo que se aferra a un último tren del amor cuando la taquilla parece cerrada.
Con «Un lugar común», Celia Giraldo desafía precisamente eso que se llama sentido común y que, al parecer, ya hace tiempo que entre nosotros perdió su hora. En su planteamiento, Giraldo (Cornellá de Llobregat, 1995) parece haberse abonado a esa preocupación frecuente en el cine español reciente filmado por directoras donde la descomposición familiar, la casa como depósito de recuerdos y emociones y la demolición del pasado, se verbalizan ante un futuro poco esperanzador.






