Ante un filme tan ambicioso como Orígenes se corre el riesgo de pasar por alto los pequeños detalles y, en consecuencia, no reparar en un entramado casi imperceptible que no es sino un campo minado. Esa red, anudada con pistas y señales paradójicas, funciona como un mecanismo que hiere e interfiere su argumento: un pulso trucado entre la ciencia y la fe. Un discurso que su realizador y guionista, Mike Cahill, director de Otra Tierra, cree profundo, brillante y original.

Desde su primer minuto, Nolan lo deja claro. Interstellar ha sido construida con la ambición perfeccionista de Stanley Kubrick, con el músculo emocional de Frank Capra, con la minuciosidad espectacular de Alfred Hitchcock y con el sentido de la aventura de John Ford. Si lo prefieren, podemos formularlo de otro modo: Interstellar ha sido concebida para hacer historia y para ocupar un lugar de referencia en la cronología del cine.

Al finalizar Vals con Bashir, Ari Folman se tomaba una inquietante libertad que, como todo aquello que rompe, acababa por provocar opiniones dispares y disparatadas. Vals con Bashir era un filme de psicoanálisis y memoria, y en su interior nos aguardaba una terrible cantinela sobre el sentimiento de culpa y los fantasmas de la guerra.

Luc Besson irrumpió en el panorama cinematográfico hace tres décadas con un relato post-apocalíptico de bajo presupuesto y alta originalidad: Kamikaze 1999 (1982). Tenía 23 años y una notable insolencia generacional que pretendía pasar por encima de la nouvelle vague. Eran otros tiempos y en su caso, pronto se descubriría que su intención, como sugería el título de su primera película, iba a ser la de convertirse en un francotirador ajeno a las jerarquías y familias del cine francés.

Allí donde se amontonan los restos del naufragio en el que se consumen los vanos intentos de reflotar la saga de George Lucas, en la misma fosa en la que agoniza un sexagenario Indiana Jones, un director insolente, heterodoxo e irreverente llamado James Gunn, lidera una producción que puede ser considerada como el Star Wars de la segunda década del siglo XXI.

Símbolo de la barbarie bélica, Godzilla nació en 1954, nueve años después de que Japón recibiera dos zarpazos criminales en Hiroshima y Nagasaki. Aquella traca apocalíptica con la que se rubricó el final de la segunda guerra mundial, holocausto sanguinario que supuso el asesinato de miles de personas inocentes, fue una exhibición obscena de la capacidad de matar del ejército estadounidense.

La apatía e insipidez de Shailene Woodey, protagonista decisiva de Divergente, ejemplifica la naturaleza de esta nueva saga cinematográfica. Bajo la dirección de Neil Burger, autor entre otras de El ilusionista (2006), la producción, poderosa en medios, paupérrima en talento y vacía de personalidad, ha dispuesto todas sus baterías en dirección al mismo tipo de público. El que convirtió a Crepúsculo en un fenómeno de masas, prácticamente el mismo que ahora vibra con Los juegos del hambre.

Es probable que un sector del público, especialmente el que se mantiene opaco al uso de los ordenadores, crea que esta película no tiene ni pies ni cabeza. Que se trata de una extravagancia bizarra. Un galimatías hecho para embaucar a modernos. Lo curioso es que hace veinte años, la inmensa mayoría del público hubiera pensado eso mismo.