Cada varios minutos, Langosta, una montaña rusa tan inclasificable como notable, imprime un nuevo giro a su guión. La última película de Yorgos Lanthimos (como las anteriores), no tiene nada que ver con el cine prefabricado. Su naturaleza se sabe radical, opuesta a esos relatos fílmicos previsibles y edulcorados que masajean la pereza del espectador a fuerza de obsequiarle con caramelos inofensivos. En nada se parece el cine de Yorgos Lanthimos a esos puzzles infantiles ideados para adular la torpeza del público y disfrazar su simpleza.
El retorno de Terminator, la impactante fábula distópica sobre el duelo entre la máquina y el hombre, no lo hace a bordo de la farsa sino crucificado en la parodia.Y eso es lo grave. Que Terminator/Schwarzenegger ya no se respeta ni a sí mismo ni a lo que para otros significa. Terminator representa(ba) una de esas referencias emblemáticas de un tiempo.
Cuando en la recta final, en ese momento en el que el nudo comienza a des(a)nudarse, una de las walkirias juguetea con una pequeña caja de música, el público avezado (pre)siente, como hace el hierático Max-Tom Hardy, una sensación de déjà vu premonitoria y enigmática. Brilla fuera de la pantalla un relámpago de autoconsciencia que articula el pretérito, lo que ya sabíamos, con el por/venir.
Cuando el gran triunfador del Oscar 2015, Alejandro González Iñárritu, calificó a las películas de superhéroes de genocidio cultural, no lo hizo pensando en La era de Ultrón. Probablemente ni siquiera sabía que se estaba rodando. Iñárritu lo que hizo fue reiterar lo que en su película, Birdman, se hace evidente: que el director mexicano fue un niño sin tebeos.
Carne de acné entrenada en el mundo de la video-consola, con largas horas de series de televisión y algunas lecturas “juveniles”, la segunda entrega de la adaptación cinematográfica de la obra de Veronica Roth demuestra que lo que nace torcido nunca se endereza, por más que en ese juego de comparaciones se pueda sentir más o menos simpatía por esta adaptación nacida como ¿humilde? competidora de sagas tipo Crepúsculo o Los juegos del hambre.
La carrera cinematográfica de Neill Blomkamp, cineasta sudafricano nacionalizado en Canadá, tuvo un arranque fulgurante apoyado por el mismísimo Peter Jackson: District 9. La segunda entrega fue una profunda decepción: Elysium. Sabedor de que su crédito podía apagarse por completo, Neill Blomkamp con su tercera película, Chappie, ha buscado refugio en sí mismo y en un referente del que toma prestado mucho más que un cierto parecido: Paul Verhoeven.
En el tiempo de la Wikipedia y el corta y pega, el de la resaca de la palabra de Tarantino, las películas parecen construidas con material de desecho. Son modernos monstruos de Frankenstein reanimados a partir de fragmentos muertos. Así resulta tan difícil encontrar en la cartelera un título original, como dar con un buen clásico.
Como un puzzle al que le han sustraído algunas piezas, como un tebeo al que le faltan páginas, así se comporta El destino de Júpiter, el último delirio de la pareja de cineastas más delirante de nuestro tiempo: los hermanos Wachowski. Lo fácil, lo obvio, nos conduce a descalificar completamente este filme contrahecho que gira en torno a una tierna historia de amor en un futuro cosido con fragmentos provenientes de cientos de referentes.
La chispa que enciende el motor de Autómata es la misma que ponía en movimiento 2001, una odisea espacial. O sea, un tema recurrente en la especulación del género denominado ciencia-ficción, esa etiqueta de perfiles movedizos que enhebra todas las hipótesis sobre el futuro. Son elucubraciones que aspiran a poder explicar el pasado con la intención de entender y encender el presente. Hace poco esa especulación la abordaban dos películas tan distintas entre sí como Interstellar y Orígenes.


