Con la cruz a cuestas de Stanley Kubrick en sus hombros, hay referencias obvias a 2001, una odisea espacial y, en el androide interpretado por Michael Sheen, a El resplandor. Passengers crece sobre un esmerado diseño artístico trenzado por gozosos hallazgos. En ese glosario de hipotéticos avances técnicos de un tiempo futuro, en esa puesta en escena con secuencias espectaculares como la ingravidez en la piscina y la impresionante secuencia de ahogamiento, reside lo más impactante de un filme maniatado por la servidumbre comercial de su alto presupuesto.

Han pasado cuatro décadas desde que el negocio de las máquinas recreativas, con el pinball a la cabeza, utilizase como reclamo la recreación de algunas de las grandes películas de éxito como Indiana Jones o Star Wars. Avanzada la segunda década del siglo XXI, el mundo del vídeojuego mueve más dinero que la industria cinematográfica, tanto que, desde hace años, es el cine quien replica juegos confiando en que ese reclamo ayude a que más espectadores acudan a ver la película.

Ubicado en el vértice temporal entre la primera y la segunda entrega de la trilogía Star Wars, la que va de su reiteración edulcorada al modelo primigenio, Rogue One se presenta como el primer spin-off de la mitificada epopeya de Georges Lucas inspirada por el Akira Kurosawa de la épica samurai. Su producción se ha realizado casi en el mismo tiempo en el que se trabaja el segundo capítulo de la nueva trilogía.

Aupado hasta el Olimpo del cine mundial como uno de los directores más importantes del momento, parece arriesgado sostener que, hasta ahora, el canadiense Denis Villeneuve acumula más ambición que méritos. Y sin embargo, aunque no se vea así, hay datos para sostener que Villeneuve siempre aparenta mucho y casi nunca profundiza demasiado. Eso no impide que sus quiebros narrativos, los modelos de referencia y su deseo de impartir magisterio en todo tipo de géneros, le confieran el singular encanto de la afectación.

Criminal aparenta seguir los pasos de la saga Bourne. A ella parece encomendarse Ariel Vromen, un cineasta de origen israelí aunque ya afincado en EE.UU., que ahora dirige esta película de bandera británica. Pero en realidad, el argumento, lo que sus guionistas habían labrado en el interior de esta película era y sigue siendo algo muy diferente.

Tercera entrega de La Purga; tercer capítulo de un imaginario distópico que cada día se parece más a la realidad. Escribe y dirige el de siempre, un James DeMonaco que empezó como guionista y que, paso a paso, purga a purga, ha creado un clásico del siglo XXI. De origen italiano, nacido en Brooklyn en 1969, DeMonaco se encuentra en su plenitud tras conformar su personalidad escribiendo capitulo tras capítulo exitosas series de televisión.

Con X-Men ya no hay sorpresa alguna. Y con Bryan Singer se garantiza que quien dirige conoce el material de partida, nadie discutiría que le gusta y parece obvio que disfruta llevándolo al cine. Por otro lado, se ha dicho en anteriores ocasiones, hay una gran diferencia entre lo que ocurre en las aventuras de papel y el cine. En los tebeos, los detalles biográficos de los protagonistas rara vez ilustran las nuevas entregas en donde lo que importa no es sino la capacidad de idear nuevas empresas, nuevos peligros. Nadie se compra un cómic de El Capitán América esperando encontrar en él la historia de su origen.

Recibida con expectación y honores, la primera señal que tuvimos de High-rise fue en el marco del Zinemaldi de 2015. Allí, en la sección oficial, su proyección la convirtió en la obra que más disparidad de calificativos cosechó. Nacida para deslumbrar, High-rise lo tenía todo para haber sido una de las obras del año. Parte de un relato mítico de un escritor legendario y se atreve a emparentarse con un no menos mítico cineasta contemporáneo, David Cronenberg.

Hay algo más que ironía cuando, con el plano de apertura, la voz del narrador, que luego sabremos pertenece a Igor, avisa de que estamos ante una historia conocida. Tiene razón. Toda persona que se dispone a ver un filme titulado Victor Frankenstein algo sabe (y algo prevé) respecto a su argumento. Por otra parte, en la ficha técnica, su guionista no duda en reconocer la inspiración a quien fue su creadora, Mary Shelley; pero también en esto, como en todo lo anterior, nada es exactamente lo que parece, nada se ajusta al pie de la letra.

Star Wars, más que una serie de películas, es una devoción con reminiscencias religiosas. Una enfermedad que arrebata el juicio a quien la sufre y le lleva a considerar todo lo que tiene que ver con ella como algo sagrado, supremo, irrefutable. Sus feligreses levantan altares en sus casas, llenan sus hogares con reliquias y celebran exaltaciones, encuentros en los que, al igual que hacen los integrantes de las cofradías católicas, se disfrazan al uso de sus personajes.