Naomi Kawase llegó al cine desenterrando sus raices familiares. En sus primeros documentos fílmicos, Naomi se preguntaba por el fantasma de un padre yakuza en paradero desconocido y pasado bajo sospecha. Su cine hacía astillas de su autobiografía y barnizaba de realidad una mezcla indefinida. Fotógrafa de formación, el cine de Kawase, siempre anclado en una mirada a un presente hecho de gente corriente, mezcla géneros y recursos.

Alguno distribuidores españoles deberían ser multados. No les basta con echar por tierra el trabajo de quienes miman sus lanzamientos sino que, en un sector en crisis, acabarán por imponer sus métodos. Si hace escasas semanas se estrenaba con lamentable (y baratito) doblaje un filme tan necesario de respeto como Calabria, ahora se estrena La fiesta de despedida con el reclamo de que el espectador disfrutará de una comedia, bajo el espejismo de que aquí hay humor.

Con el comienzo del siglo XXI, cambió la suerte de Yôji Yamada. Durante muchos años, el veterano realizador japonés se dedicó a cultivar una suerte de serial cinematográfico en torno a un personaje peripatético: Tora-san. A lo largo de treinta años Yamada aplicó su oficio y talento al servicio de un personaje de enorme predicamento en Japón, pero de escaso interés fuera de su país de origen. La muerte del actor que durante décadas encarnaba al protagonista de ese folletín por entregas y la desaparición de los grandes referentes del cine japonés del tiempo clásico, colocó a Yamada en una posición envidiable de reinvención.

En El caballo de Turín, Béla Tarr se sirvió de un episodio acontecido el 3 de enero de 1889, fecha en la que Nietzsche sufrió un colapso mental. La historia no fue verificada pero la leyenda cuenta que el autor de Más allá del bien y del mal, al pasear ese día, a la edad de 44 años, vio a un cochero maltratar cruelmente a su caballo. El filósofo se interpuso entre el animal y el hombre, empezó a llorar y su portentosa inteligencia se apagó para siempre.

Primero impregna la piel, luego se apodera del alma. ¿Después?, después lo inunda todo de un sentimiento de impotencia, lo arrasa todo con un duelo de melancólica fatalidad. Así funciona Omar, un filme ante el que resulta imposible permanecer impasible. Especialmente porque en estos momentos, el rosario de asesinatos de inocentes, la mayoría civiles y muchos niños, llena los titulares de las primeras páginas de los informativos que hablan del llamado conflicto palestino-israelí

Hace un par de años, Yeon Sang-ho se puso a seguir el camino abierto por autores ya consolidados como Park Chan-wook, Bong Joon-ho, Kim Ki-duk y Kim Jee Woon. Sang-ho hacía con el cine de animación lo que sus hermanos mayores habían conseguido con las películas que algunos llaman de carne y hueso.

El 21 de enero de 1998, Yoshifumi Kondo, el hombre llamado a tomar el relevo a los dos grandes generales del estudio Ghibli, Isao Takahata y Hayao Miyazaki, falleció repentinamente víctima de un aneurisma provocado, al parecer, por un exceso de trabajo. Tenía 47 años y, después de haber sido uno de los puntales de los mejores éxitos de la factoría Ghibli, acababa de dirigir una de sus más bellas películas: Susurros del corazón (1995).

Rastrear sus raíces, excavar en el pozo del olvido y recuperar la memoria histórica (e histérica) de la Camboya de su infancia y juventud, la de los 70, es lo que Rithy Panh lleva haciendo toda su vida. Para presentar este filme, este singular y valioso cineasta escribió “Desde hace años, busco una imagen: una fotografía tomada entre 1975 y 1979 en Camboya por los Jemeres Rojos. Una sola imagen no sirve como prueba de un genocidio, pero invita a la reflexión, permite reconstruir la historia. La he buscado en vano en los archivos y por todas partes”.

La última frase de este filme épico de estructura de sierra y relatos esquinados, tiene lugar cuando los créditos certifican su ocaso. Algunos espectadores con urgencia se la perderán irremediablemente porque se pronuncia cuando la historia ya ha concluido. La frase sale de los labios de Tony Leung, un actor que para Wong Kar-wai tiene mucho de alter ego.

Para los sectores más ortodoxos de la cultura japonesa, el sacrificio de los 47 Ronin, samuráis sin shogun, supone la quintaesencia del valor y el honor; un modelo sublime de lo que la tradición impone. En el neo-Tokio del siglo XXI, en algunas calles y en algunas camisetas, un lema se repite: “no seas estúpido, no hagas el Ronin”.