Bajo la apariencia de una comedia romántica -su argumento gira en torno a los preparativos de una boda y su inminente celebración-, Kristoffer Borgli, el cineasta que vino de la fría Oslo, dinamita géneros y convenciones, lenguajes y metalenguajes, apuntando al «sueño armado» de los EE.UU.
Me reconozco un «Sangsooalcoholic». Sus primeros títulos, allá por los 90 me parecieron buenos. Estos, los de los últimos 5 años, los encuentro, incluso, mejores. No busco salir de su influjo, no necesito escapar de su embrujo; esta adición no me destruye, aunque, como el filme que ahora nos ocupa, termine por dejar una desasosegante sensación de patético fracaso.


