No hay que equivocarse, Your Name, preñada de una carga sentimental capaz de fundir el hierro, es cualquier cosa menos una película meliflua. Su romanticismo sabe y bebe de la tragedia. Y su sencillez no le impide encarar un argumento enrevesado capaz de jugar con los tiempos y los espacios en una suerte de paradoja cuántica que hace fácil lo incomprensible y legible el palimpsesto que su guión cultiva en la cara oscura de su núcleo duro.
Tras la muerte de Abbas Kiarostami, uno de los grandes cineastas del nuestro tiempo, si algún nombre está llamado a ocupar su lugar, ese (cor)responde a Asghar Farhadi. Al contrario que otros compatriotas, Farhadi no trata de imitar a Abbas. Su estilo en nada se le parece. Sin embargo comparte con el autor de El sabor de las cerezas, una voz tan inconfundible como propia.
La esencia de Zhang Yimou la encarnan con frecuencia los personajes que Gong Li ha interpretado. Desde su más temprana película, Sorgo Rojo, y a lo largo de 30 años de una solvente trayectoria, abundan películas melodramáticas en donde el principal personaje, casi siempre femenino, se distingue por una obstinada perseverancia anclada en un abnegado sentido de la ética.
Desde el primer minuto, un ¿inocuo? accidente de tráfico, este Train to Busan se comporta como un puro tren bala lanzado con el acelerador pisado a fondo en una huida de sobresaltos y vértigo. En su interior, no es nueva la metáfora de convertir un tren en una suerte de metonimia del mundo, ciudadanos corrientes se enfrentan a muertos rabiosos. Vagón tras vagón, zombies ávidos de sangre cuyos mordiscos infectan a los ciudadanos sanos, ejercen una progresión geométrica que lleva implícita la destrucción del ser humano.
Escrita y dirigida por Maysaloun Hamoud, Bar Bahar encontró en el Zinemaldia un fértil campo de cultivo. Bien intencionada, contemporánea sin ensayos ni hermetismos, reivindica a la mujer en un territorio lastrado por un patriarcado cercenador. Bar Bahar se ve fácil y provoca simpatías. En Donostia entusiasmó a un público bien masajeado por cuestiones sociales en un año, 2016, donde todo ha girado sobre el diálogo y la convivencia.
El año que viene se cumplirán 30 años del estreno de Sorgo rojo. Hasta entonces, 1987, apenas se había tenido noticias del cine chino. Con Sorgo rojo el mundo descubrió a un cineasta sensible y singular llamado Zhang Yimou y a una actriz excepcional, Gong Li. Con Regreso a casa, filme preñado de coincidencias y doble sentido, asistimos a un exaltado reencuentro en el presente que se toma cumplida cuenta de los sufrimientos del pasado. Yimou y Li se alían en un relato melodramático y vibrante; un fresco histórico sobre la China del tercer tercio del siglo XX, la que arranca con la revolución cultural de Mao y periclita en el amanecer del neocapitalismo pseudocomunista.
El próximo martes, 24 de mayo de 2016, Jia Zhang-ke cumplirá 46 años. Es, sin duda, la cabeza visible del cine de la llamada sexta generación, la que sucedió al boom del cine chino vivido en los años 80 y que consagró a Zhang Yimou como su máximo referente internacional. Recordemos: Jia Zhang-ke estrenó su primer largo en 1998 y, desde entonces, sus reiteradas disecciones críticas sobre la vertiginosa transformación de China no han cesado de sorprender, a veces, incluso de estremecer.
Cada día se suceden las malas noticias sobre la precariedad de los derechos humanos en un Irán de cabezas nucleares y pies de barro. Se nos da cuenta de cineastas represaliados, de películas prohibidas y condenas desproporcionadas por ejercer la crítica y la libertad de expresión. Por eso sorprende gratamente enfrentarse a Nahid, la película de Ida Panahandeh, una directora iraní en un país en el que todos, pero en especial las mujeres, saben del horror de la desigualdad y la intolerancia.
Hsiao Hsien practica un cine personal, inconfundible, revelador. Da igual el tema, el tiempo, el género e incluso la historia que encierren sus películas. Al final siempre se halla en ellas una sacudida que estremece. En The assassin, bajo su ropaje de wuxia, con el pretexto de una trama hermética de confabulaciones de alcoba y sangre, el director taiwanés descubre una de sus más inspiradas páginas. Más allá del laberíntico devenir de ecos siniestros, venganzas familiares y proclamas lapidarias, el paisaje deviene en texto.


