Al comienzo del filme, en la capital de Mexico, en el corazón del DF, en plena celebración del día de los muertos, 007, el agente con licencia para matar, aparece disfrazado de esqueleto como un trasunto de la muerte. La secuencia, pura coreografía, lujo de producción y con una ejecución precisa, abre un relato que crece sobre un equilibrio a dos bandas. De un lado, el arquetipo 23 veces establecido del personaje creado por Ian Fleming.

No escape, traducido aquí como Golpe de Estado, dirigido y coescrito por John Erick Dowdle, transcurre en algún lugar de Asia, al lado de Vietnam. Un lugar cuyo nombre nadie verbaliza. ¿Será Laos, será Camboya…? Todo lo más se nos indica, del innombrado país exótico, su pasado comunista y su presente violento y revolucionario. Pero todo queda descontextualizado, todo parece real, aunque nada resulte verdadero.

A Puccini lo mató un cáncer de garganta cuando escribía los últimos compases de Turandot. A Tom Cruise, esta entrega de Misión imposible atravesada por la ópera de Puccini, le ha salvado el cuello porque, tras encadenar una serie de fracasos seguidos, su figura renace gracias a este filme trepidante, hueco y entretenido. Digámoslo rápido. Misión imposible 5 es nada más que puro espectáculo, exaltación acrobática, pero también un solvente producto que se mueve en esa gama de cine de acción y espías a la que pertenecen Jason Bourne y James Bond.

El retorno de Terminator, la impactante fábula distópica sobre el duelo entre la máquina y el hombre, no lo hace a bordo de la farsa sino crucificado en la parodia.Y eso es lo grave. Que Terminator/Schwarzenegger ya no se respeta ni a sí mismo ni a lo que para otros significa. Terminator representa(ba) una de esas referencias emblemáticas de un tiempo.

Cuando en la recta final, en ese momento en el que el nudo comienza a des(a)nudarse, una de las walkirias juguetea con una pequeña caja de música, el público avezado (pre)siente, como hace el hierático Max-Tom Hardy, una sensación de déjà vu premonitoria y enigmática. Brilla fuera de la pantalla un relámpago de autoconsciencia que articula el pretérito, lo que ya sabíamos, con el por/venir.

Jaume Collet Serra se ha convertido en un profesional yanqui. Español de nacimiento, su pasaporte no cuenta. A diferencia de Almodóvar, Amenábar, Bayona y Trueba, no estamos ante un cineasta que hace las Américas, sino ante un director que nació figuradamente allí. Sus películas han sido más vistas en EE.UU. que todas las de los cuatro directores citados. Pero en su tierra natal, pocos sabrían reconocer su rostro.

Carne de acné entrenada en el mundo de la video-consola, con largas horas de series de televisión y algunas lecturas “juveniles”, la segunda entrega de la adaptación cinematográfica de la obra de Veronica Roth demuestra que lo que nace torcido nunca se endereza, por más que en ese juego de comparaciones se pueda sentir más o menos simpatía por esta adaptación nacida como ¿humilde? competidora de sagas tipo Crepúsculo o Los juegos del hambre.

Meta en la coctelera una buena base del espía más famoso de todos los tiempos, el que estaba al Servicio de su Majestad… James Bond. Luego, añada una pequeña pero sustancial cantidad de Superagente 86. Derrame también unas cuantas gotas de Los vengadores y finalmente, ya a discreción, para evitar sabores añejos, rocíe todo con referencias contemporáneas.

Para quienes el nombre de Michael Mann era garantía de bien hacer y evidencia de que no hay guión malo sino director incapaz o ausencia de compromiso, Blackhat nos pone en un grave aprieto. ¿Cuál es la cuestión por la que se hace casi insoportable un filme como éste?