Así como no debe confundirse el cine indie con el cine de low cost, tampoco debe equipararse como cine de autor a todo texto fílmico en el que se hace posible reconocer a su creador. Viene esto a cuento de directores como Antoine Fuqua, un realizador del que siempre se acaba por evocar un título, Training Day (2001), y ante quien conviene pasar de puntillas por el resto de una decena de olvidables títulos.
Luc Besson irrumpió en el panorama cinematográfico hace tres décadas con un relato post-apocalíptico de bajo presupuesto y alta originalidad: Kamikaze 1999 (1982). Tenía 23 años y una notable insolencia generacional que pretendía pasar por encima de la nouvelle vague. Eran otros tiempos y en su caso, pronto se descubriría que su intención, como sugería el título de su primera película, iba a ser la de convertirse en un francotirador ajeno a las jerarquías y familias del cine francés.
Allí donde se amontonan los restos del naufragio en el que se consumen los vanos intentos de reflotar la saga de George Lucas, en la misma fosa en la que agoniza un sexagenario Indiana Jones, un director insolente, heterodoxo e irreverente llamado James Gunn, lidera una producción que puede ser considerada como el Star Wars de la segunda década del siglo XXI.
Dentro de mes y medio, un filme titulado como éste, El protector inaugurará el festival de Donosti y servirá para que Denzel Washington acuda a cumplimentar la necesaria aportación de glamour y lujo que reclama el Zinemaldi. Esa coincidencia, hay otras muchas películas con el mismo título, subraya el agotamiento absoluto del cine comercial.
El próximo 14 de junio, Steve Ditko cumplirá 87 años. Vive como una sombra en un apartamento de Manhattan. Recibe pocas visitas y casi nadie le reconocería si se lo cruzasen por una de las calles altas de Nueva York. A él, eso no le preocupa. Él dibuja, dibuja sin parar. Se autoproduce un fanzine de corta tirada que vende a precio de saldo sólo en algunas librerías especializadas.
Robert de Niro, aunque hace veinte años que no trabaja de verdad, ha protagonizado algunas de las más bellas e inmensas películas del siglo XX. En ellas hizo de (casi) todo. Una de las más grandes, lo convirtió en boxeador; en un fajador imponente vencido por el sobrepeso, la gula, el alcohol y la vanidad. Silvester Stallone, probablemente uno de los más limitados actores de su tiempo, ha filmado decenas de películas insustanciales pero pasará a la historia por su creación de dos personajes emblemáticos: Rambo y Rocky. Este último ha sido su mayor éxito y la primera entrega de su obstinado Balboa sin duda fue su mejor trabajo.
La primera vez que fui consciente del interés de un director llamado Mikael Häfsröm fue en Sitges. Se trataba de 1408 (2007), una película de terror basada en un cuento homónimo del Stephen King. Sus protagonistas eran John Cusack y Samuel L. Jackson y, aunque aquello no era El resplandor, la solvencia del director sueco parecía notable.
De Greengrass se afirmó que había renovado las claves del cine de acción. Su nombre, se nos decía, era garantía de ese equilibrio improbable entre calidad y cantidad, entre autoría y evasión, entre entretenimiento y compromiso. Obras como Domingo sangriento (2002); El mito de Bourne (2003); United 93 (2006) y El ultimátum de Bourne (2007) daban fe de ese libro de estilo, pero establecían al mismo tiempo una imparable sensación de decadencia.
Hay detalles que parecen gritos, pueden ser pequeñas costuras en el fuselaje fílmico (hablamos de cine) pero provocan graves dudas sobre la seriedad del prototipo. Suele pasar con los guiones. Allí donde en la palabra escrita se percibe una arruga extraña, un abrochamiento artificial, un forzamiento al verosímil; en la pantalla, ante la imagen expandida, la sombra deviene en tinieblas y el artificio evidencia toda su trampa, toda su vergüenza.

