Scott Cooper, director y guionista de “Los crímenes de la academia” pretende sostener con este filme un homenaje extraño y ambivalente en torno a la figura de Edgar Allan Poe. Recordemos que el título en castellano no es sino una perezosa y arbitraria reinvención de “The pale blue eye”, algo que emana del universo de Poe
Todo, como es costumbre en las últimas obras de Hong Sang-soo, aparece en gris. Todo se tiñe en matices y sutilezas que se agitan entre el blanco y el negro y que rara vez se muestran blancas o negras. Todo es gris salvo ese estallido de color al final del relato que rueda la novelista a la que referencia su título.
En 1938, Rumania aprobó la constitución que ponía su incierto destino en manos de la autocracia del rey Carlos II. Hoy da escalofríos saber que, de más de cuatro millones de votantes, apenas 5.000 votaron en contra. Percibir tanta homogeneidad en un pueblo que, más que unido, (a)parece cosido a su suicidio colectivo, provoca estupefacción.
Ahora, ningún exhibidor (nos) propone hacer un programa doble; aquellos festines maratonianos donde, con acierto o no, se invitaba al público a sumergirse durante horas en un pulso entre (dos) películas. Un duelo del que casi siempre salía ganador el espectador que, durante una larga tarde y/o noche, desconectaba por completo de las miserias cotidianas.
Da igual dónde y con quién ruede Hirokazu Kore-eda, (Tokio, 1962), el cineasta japonés más reconocido internacionalmente en estas últimas décadas. El anterior relato, ‘La verdad’ (2019), lo filmó en París, con Juliette Binoche, Catherine Deneuve y Ethan Hawke y pronto se supo que, más allá de los guiños metafílmicos y del reconocimiento a la post-nouvelle vague, Kore-eda hablaba de lo que siempre se ocupa: de la familia, del desarraigo, de los afectos y la soledad.
Cuando Robert Bresson convirtió la esencia de “El idiota” de Fiodor Dostoyevski en “Al azar de Baltasar”, estaba filmando una de esas extraordinarias e inolvidables películas cuya huella permanece indeleble para aquellos que la han visto. Eso aconteció en 1966, cuando Jerzy Skolimowski (1938) estaba dirigiendo con urgencia juvenil una serie de obras de carácter biográfico.
Sin Paul Mescal y Francesca Corio, “Aftersun” hubiera sido una película completamente distinta. Una de sus mayores virtudes mana de la sinceridad que transmite, de la autenticidad que supura. Todo surge del entendimiento entre Mescal y Corio; sus miradas echan fuego, sus movimientos hacen coreografía de la no impostura. Del primero, Paul Mescal, ya se sabía que era un notable actor.




