Ahora se avergüenza y pide perdón, pero hace 20 años Peter Farrelly, junto a su hermano Bobby, dinamitó la muga del buen gusto y la corrección politica. En un claro desfase entre la ficción de sus comedias locas y la vida corriente, Peter Farrelly se hizo popular por una grosería; en cuanto tenía ocasión mostraba su pene a sus interlocutores, fundamentalmente si éstas eran mujeres.

Este blues al que hace referencia el título del segundo largometraje de Barry Jenkins entona una melodía triste para acompasar un melodrama surgido para reivindicar desigualdades y ganar premios allí donde vaya. Jenkins ya evidenció su oficio y su estilo con su primer filme, “Moonlight”, una película con deudas autobiográficas y voluntad conciliadora.

Hay una sincronía entre el movimiento de su protagonista, un incombustible ladrón de bancos al que le da rostro Robert Redford, y el ritmo de la película. Se nos ha dicho que Redford se retira como actor con “The Old Man and the Gun” y, ciertamente, los 82 años que ha los lleva inscritos en las arrugas de la piel y en la dificultad con la que mueve su cuerpo.

La línea que separa la genialidad de la locura, la excelencia del delirio o el arte del asesinato, por muy sutil y delgada que sea, existe. Ese último velo lacaniano (la belleza, lo sublime) que nos separa de la Cosa, se lo salta Lars von Trier con una propuesta tan inteligente como perversa; tan repleta de significados colaterales como monocorde en la manifestación de un narcisismo infectado por la misoginia y la psicosis.

Ante la presentación de “Creed I” se hacía evidente la plasmación del paso del tiempo. Era la séptima entrega de la llamemos saga “Rocky”. Habían pasado cuarenta años desde que se empezó a filmar la historia de un boxeador de serie B al que una oportunidad le colocó en la cima del mundo pugilístico.

En “Glass” se asiste a un fenómeno singular. Con “Glass” se cierra una trilogía cuya gestación no ha seguido los cauces habituales. Entre las notables, hay trilogías pergeñadas desde el primer día del rodaje, por ejemplo, “El señor de los anillos”; y trilogías concebidas por el éxito de cada un de sus entregas, “Toy Story” (aunque ahora es ya tetralogía).

A László Nemes le bastó con su primera película, “El hijo de Saúl”, para ser invitado al Olimpo de los grandes directores del cine europeo. El Gran Premio del Jurado de Cannes legitimaba la calidad de un realizador que acababa de cumplir los 40.

Todo en este filme sabe del extrañamiento. Todo aparece (re)surgido y (a)sumido desde lo periférico. Hijo de la línea de sombra, esa muga donde lo real se torna extraordinario, hay muchos argumentos en “Border” como para no tomárselo muy en serio.