Por razones obvias, “El rey” establece un puente con la pieza teatral de “La torna” (1977) de Els Joglars. Entre los travesaños que acerca aquel determinante acto teatral, que llevó a la cárcel a Albert Boadella, y esta película de alma escénica, guionizada por Alberto San Juan, hay semejanzas.
La octava película de Tarantino hace alusión en su título al número ocho, el que rima con noche y asume el signo del infinito. Teniendo en cuenta que el número de aborrecibles personajes que aparece en su película no es exactamente ese, no cabe duda de que Quentin se alude a sí mismo. Esa es la cuestión, a estas alturas, a Tarantino le pasa como a todos aquellos creadores que han sabido mostrar e imponer un perfil propio. Tarantino ya no compite contra nadie, ya no debe demostrar nada. La vara de medir que se le aplica ha sido trenzada por su propio trabajo. Él es su enemigo.

