En “La ciudad perdida”, deshilachada copia de “Tras el corazón verde”, Sandra Bullock salvaba los muebles del proyecto porque, durante unos minutos, Brad Pitt aparecía en su ayuda. El filme de los hermanos Nee evitaba el siniestro total gracias a un cameo largo e irreprochable del “Aquiles” de “Troya”.
Si para Kundera lo insoportable era la levedad del ser, para un Nicolas Cage capaz de reírse de sí mismo y de la imagen que lo representa, lo insoportable mana de la vanidad de los actores, lo que no (se) aguanta es ese narcisismo ególatra con(tra) el que el sobrino de Coppola lleva lidiando desde su mismo origen profesional.
Daniel Brühl, como Javier Bardem o Gael García Bernal, se ha convertido en uno de esos actores emblemáticos de su país de origen al que siempre que se proyecta una superproducción con un reparto coral tipo UNESCO, se les incluye en el reparto. Inevitablemente se cuenta con el(los) para sostener esos desvaríos con sed de globalidad y avidez de ingresos multimillonarios.
En “La caza”, la película, habita la frustración. Frustración entendida como una sensación de incomodidad subterránea que ratifica la importancia de un filme de evidente interés y de ambigua solidez moral. Como relato engancha y engaña; divierte y lía. No es fácil salirse de su laberinto sin sentir que en el próximo recoveco habrá otra sorpresa, algo inesperado, otro quiebro de guión que iluminará una nueva cara oculta.
La materia que conforma lo que “Ventajas de viajar en tren” lleva en su interior carece, en apariencia, de identidad reconocible. Esta primera película de larga duración de Aritz Moreno si no estuviera interpretada por actores de cuajo hondo y recorrido largo, costaría trabajo saber a qué país pertenece. Esa singularidad, ese toque, más excéntrico que exótico, cabría atribuirlo al autor de la novela que le sirve de partida. O sea al recomendable Antonio Orejudo.
La naturaleza de Tarantino lo acota como un freakie enciclopédico. Todo en él resulta torrencial, barroco, acumulativo. Es una redundancia redundante. Pero en su novena película, “Érase una vez en… Hollywood”, homenaje en su título a Leone aunque en el filme se habla del otro Sergio, Corbucci, algo ha cambiado en Tarantino. Por vez primera Tarantino se autorreferencia a sí mismo.





