Han pasado cuatro décadas desde que el negocio de las máquinas recreativas, con el pinball a la cabeza, utilizase como reclamo la recreación de algunas de las grandes películas de éxito como Indiana Jones o Star Wars. Avanzada la segunda década del siglo XXI, el mundo del vídeojuego mueve más dinero que la industria cinematográfica, tanto que, desde hace años, es el cine quien replica juegos confiando en que ese reclamo ayude a que más espectadores acudan a ver la película.

Vivimos tiempos de miedo, tiempos de conservadurismo a ultranza. Tanto que han convertido lo malo conocido en lo bueno imprescindible. Un cine de alto consumo y escasas calorías amenaza con devorarlo todo. Es la hora de la franquicia que nos asegura la perseverancia del contenido a costa de no sorprender. Como niños titubeantes, la mayor parte del público escoge lo que conoce, lo que ya escogió.

Han pasado más de treinta años del debú como director de largometrajes de Tim Burton. Cuarenta y cuatro desde su primer cortometraje. Todos saben que fue un chico Disney, al que la factoría Disney, en horas bajas, no supo entender. Desde entonces, 18 largometrajes como director, más un puñado como productor, establecen una carrera irregularmente notable. Se le achaca que ya no es el que era pero, a estas alturas, ese que era no queda claro a qué se refiere.

Con importantes modificaciones argumentales con respecto a la versión que en 1977 dirigió Don Chaffey, este Peter y el dragón funciona como un arquetípico producto Disney. Desarrolla toda la artillería pesada para provocar la emoción cuantas veces haga falta, posee una factura solvente, los efectos especiales rozan la plenitud y la historia funciona tanto para los más pequeños como para los adultos que les acompañen.

Hay un antes y un después del Batman de Christopher Nolan. Tras la trilogía del autor de Origen e Interestelar, el cine de aventuras ya no puede ser igual. De hecho, ya nada es como era. Esta revisitación al mundo de Tarzán, ideado por E.R. Burroughs, da prueba fehaciente de ello. Lejos de la primitiva inocencia del Tarzán de Weiss muller, y carente de la equilibrada ambigüedad sofisticada que Christopher Lambert le dio, este Tarzán interpretado por Skarsgård se refugia, con la complicidad del director David Yates, en un ensimismamiento influido por el hacer de Christian Bale pero poco alimentado por un guión perdido en medio de oscuras confabulaciones políticas.

A Jaume Collet-Serra no se le concede demasiada atención en los medios de comunicación españoles. Se marchó con 18 años a EE.UU. proveniente de su Cataluña natal. Con poco dinero y mucha obstinación, Collet-Serra estudió cine en Los Ángeles y ha conseguido lo que la inmensa mayoría de cineastas españoles no lograrán jamás. Ser aceptado por la industria norteamericana.

Probablemente, la obra cumbre del hacer de Pixar se llama Toy Story 1, 2 y 3, una trilogía a la altura de El padrino. Pero fue en Buscando a Nemo, donde el estudio liderado por John Lasseter formuló su mayor aportación al relato contemporáneo. Recuerden. La estructura del cuento clásico, narración de iniciación y aprendizaje que se relata a los niños para que empiecen a despegarse de los lazos de sus progenitores, repite un hecho común: la desaparición de las figuras paternas y la necesidad de enfrentarse al mundo por sí mismos.

En la biografía de Alex Proyas todo resulta poco común. Todo se llena de zozobra, sombras y excentricidad. Debutó hace 22 años y en ese tiempo ha dirigido seis películas. Todas ellas heterodoxas, la mayoría de vocación fantástica, muchas con extraños tonos turbios. Construyó en 1998 un filme de culto titulado Dark City y el estigma kafkiano de Dark City nunca le ha abandonado. Cuatro años antes, había dirigido la adaptación al cine de un personaje de cómic, El cuervo.

Básicamente hay dos niveles de percepción ante Warcraft: el origen. Por cierto, como su título evidencia, los productores parecen dispuestos a comenzar con ella una larga serie a la altura del conjunto de videojuegos a los que sirve y de quienes se sirve. Tras una década de idas y venidas, de disputas y desmoronamientos sobre su traspaso de la pantalla del ordenador y la tablet al cine, que fuera Duncan Jones el escogido sorprendió a todos.

Aunque no figura en los créditos, Snyder y Goyer parecen haber escrito el guión con el rabillo del ojo atento a Žižek, o al menos, sin perder de vista sus análisis. De hecho, lo mejor de esta película consiste en esperar qué puede llegar a decir de ella este ensayista que usa las películas para desnudar las contradicciones de un sistema monocromático abonado a una crisis ¿líquida?