Han pasado 12 años desde el estreno de Paradise Now (2005). Para quienes no la vieron o no la recuerdan, baste decir que se trataba de un mazazo brutal en torno a las bombas humanas, esos terroristas suicidas que cargados de explosivos atentan contra objetivos humanos, sean estos militares armados o civiles indefensos.
único capaz de sostener la mirada al cine de EE.UU., Luc Besson aparece como un francotirador insolente capaz de levantar edificios barrocos y complejos hechos de FX y Ciencia-ficción. Un combatiente que saquea sin pudor los buques insignia construidos por los grandes pesos pesados del cine yanqui como George Lucas y Steven Spielberg.
Antes de hacerse cine, Piratas del Caribe era una atracción de feria que vivía en los parques de Disneylandia. Aunque su ADN se había fabricado a partir de las películas del Hollywood de los años 40, a diferencia de otras barracas escópicas ideadas para una jornada familiar y germinadas por personajes y/o películas del universo Disney, Piratas carecía de paternidad.
A James Gray, el libro de David Grann le sirve para reincidir en su ensimismado universo. Es decir, la aventura de Percy Fawcett, un militar británico de comienzos del siglo XX que dio buena parte de su tiempo y su vida para cartografiar Bolivia y descubrir los secretos de la Amazonia, es un pretexto con el que Gray evidencia que filma extraordinariamente bien.
Con la cruz a cuestas de Stanley Kubrick en sus hombros, hay referencias obvias a 2001, una odisea espacial y, en el androide interpretado por Michael Sheen, a El resplandor. Passengers crece sobre un esmerado diseño artístico trenzado por gozosos hallazgos. En ese glosario de hipotéticos avances técnicos de un tiempo futuro, en esa puesta en escena con secuencias espectaculares como la ingravidez en la piscina y la impresionante secuencia de ahogamiento, reside lo más impactante de un filme maniatado por la servidumbre comercial de su alto presupuesto.






