En su traducción al español, este filme de presupuesto flaco y alcance largo, ha mutado el sentido de su título. De “Sal” o cualquier otro sinónimo que implique el “consejo” imperativo de huir; se ha pasado a “Déjame salir”. Es decir, se produce un giro sustancial que va de la orden al ruego, del mando al por favor, del aviso de un observador activo a la súplica de un atrapado apesadumbrado.
Durante años Jôji Yamada, con paciencia de monje y sutileza extrema, levantó una saga tan popular en Japón como desconocida fuera. Entre 1969 y 1995, Yamada filmó 48 películas protagonizadas por Kiyoshi Atsumi en el papel de Tora san. Fueron casi medio centenar de comedias amables en las que su protagonista acababa compuesto y sin novia provocando en el imaginario japonés un icono de enternecedor recuerdo.
A comienzos de los 80 nacieron dos proyectos ambiciosos. Fue un duelo de colosos. Ridley Scott venía de dirigir Alien, se había convertido en un autor de referencia. David Lynch, tras un debut inenarrable, Cabeza borradora, se había ajustado a las órdenes de Laurentis y supo demostrar que podía trabajar en el cine comercial desde la emoción y el rigor: El hombre elefante.
A James Gray, el libro de David Grann le sirve para reincidir en su ensimismado universo. Es decir, la aventura de Percy Fawcett, un militar británico de comienzos del siglo XX que dio buena parte de su tiempo y su vida para cartografiar Bolivia y descubrir los secretos de la Amazonia, es un pretexto con el que Gray evidencia que filma extraordinariamente bien.
Construida sobre los cimientos de la distopía de Dave Eggers, James Ponsoldt, un cineasta esculpido en Sundance, desactiva con impunidad y sin remordimiento el veneno de su argumento para conseguir que el público no salga de la sala de cine con el ánimo compungido. Tras un aplaudido inicio (Off the Black, 2006; Smashed, 2012; y The End of the Tour,2015, entre otras) la oscura profecía implícita en El círculo, deviene en un relato paniaguado.
Sacó al Zinemaldia del territorio de la mediocridad previsible de su Sección Oficial a golpe de precisión. Fue la película en la que todas las valoraciones críticas mostraron su acuerdo. Probablemente no asombró a ninguno, pero ninguno dijo que no hubiera calidad, rigor, solvencia e incluso evidente talento en su interior.
Hace apenas unos años, Stefan Zweig era un escritor olvidado. Sólo algunos cinéfilos, gracias a Carta de una desconocida de Ophüls, y lectores muy versados lo tenían en mente. Ahora, sus obras se reeditan con fulgurante éxito y su figura, con el resquebrajamiento de Europa, ha crecido hasta constituirse en una suerte de símbolo melancólico que engarza las sombras de los años 30 con las incertidumbres de nuestro tiempo.




