Mistress America, ya lo delata su título, se extiende entre el american way of life y el foreveryoung, pura tautología que esconde la recompensa de descubrir un inteligente guión con unos actores brillantes que avanzan al galope y con alta inteligencia. Así, si se supera la animadversión que provoca la (est)ética del mundo universitario USA y sus rituales iniciáticos; si se es inmune al Día de Acción de Gracias, familias (des)unidas y sueños de triunfo, aquí podrán hallar una pequeña joya del cine de ahora.
Hace poco más de un año, Denis Villeneuve acaparaba un doble protagonismo en el festival de cine de San Sebastián donde concurría con dos largometrajes. Uno, a concurso, en la sección oficial, Enemy. El otro, Prisoners, para acompañar al premio Donostia de ese año, Hugh ( Lobezno) Jackman, protagonista de una película que hablaba de venganzas al servicio de la ley del Talión.
El mayor hándicap que atraganta este filme dirigido y escrito por Lara Izagirre nace de una evidencia. Las alas de su lógica interna, la relación inequívoca entre causa-efecto, se resquebrajan pronto. Sin ellas se intuye que el filme no alcanzará a volar. Sus deseos de ahondar en el romance entre un joven con complejo de hikikomori y ansias de escritor y su joven novia dispuesta a ayudarle a toda costa, no podrán llegar demasiado lejos porque los pequeños detalles, los que hacen grande una película, se descuidan.
Con tono e intención diferentes al de este filme, hace casi veinte años, Bertrand Tavernier se adentraba con Capitán Conan (1996), en la cara oscura de la “gloria” bélica. Ambientada en la primera guerra mundial, el filme de Tavernier se ocupaba de los perros rabiosos de la guerra, de los soldados más sanguinarios. Máquinas de matar, héroes a imitar, asesinos sin culpa. Son valiosísimos en tiempo de muerte pero se vuelven ingobernables en tiempos de paz.
Naomi Kawase llegó al cine desenterrando sus raices familiares. En sus primeros documentos fílmicos, Naomi se preguntaba por el fantasma de un padre yakuza en paradero desconocido y pasado bajo sospecha. Su cine hacía astillas de su autobiografía y barnizaba de realidad una mezcla indefinida. Fotógrafa de formación, el cine de Kawase, siempre anclado en una mirada a un presente hecho de gente corriente, mezcla géneros y recursos.
Al comienzo del filme, en la capital de Mexico, en el corazón del DF, en plena celebración del día de los muertos, 007, el agente con licencia para matar, aparece disfrazado de esqueleto como un trasunto de la muerte. La secuencia, pura coreografía, lujo de producción y con una ejecución precisa, abre un relato que crece sobre un equilibrio a dos bandas. De un lado, el arquetipo 23 veces establecido del personaje creado por Ian Fleming.
En los postreros minutos de lo que ya ha perdido el norte, Vin Diesel, más Arnold Schwarzenegger que nunca, lanza un grito de guerra: “Estoy que ardo”. Lo que viene a continuación no es necesario explicarlo por razones obvias. Lo que sobreviene es una traca final que aspira a ser un infierno pero que en realidad calienta menos que la llama de un mechero.
En Francia, Benoit Jacquot goza de alto crédito y buena reputación. Sus comienzos al lado de Marguerite Duras, su estilo contenido, desnudo de artificio e influido sin disimulo por Robert Bresson en sus primeros años, contribuyeron a alimentar una buena imagen. Ha pasado mucho tiempo desde entonces y en todos esos años, el director parisino que ha cumplido 68, ha construido una sólida y coherente cinematografía.
El nombre de Truman se refiere y designa a un perro bullmastiff, un animal de cruce, de origen británico, de cabeza ancha, de mirada tierna. Su presencia en el filme es permanente y su destino previsible; en la vida real el amable animal murió poco después de finalizar el rodaje. Pero esa es otra historia. La que Cesc Gay relata aquí mira a los ojos del cáncer y se arrima a la tragedia hasta rozarse con ella.


