La rudeza de sus fundamentos no admite duda alguna. Krampus no busca ningún lugar de honor en el reino del cine de gafapasta y sobreentendidos. Aquí no hay ensimismamiento que valga. Es cine de barrio, pero no del que se emite en horario familiar sino del que se descubre hurgando por internet o en las estanterías de los últimos videoclubs que todavía no se han arruinado.

Cada varios minutos, Langosta, una montaña rusa tan inclasificable como notable, imprime un nuevo giro a su guión. La última película de Yorgos Lanthimos (como las anteriores), no tiene nada que ver con el cine prefabricado. Su naturaleza se sabe radical, opuesta a esos relatos fílmicos previsibles y edulcorados que masajean la pereza del espectador a fuerza de obsequiarle con caramelos inofensivos. En nada se parece el cine de Yorgos Lanthimos a esos puzzles infantiles ideados para adular la torpeza del público y disfrazar su simpleza.

La sombra de Rivette además de alargada, en este caso, ha sido mitificada por el escándalo y acrecentada por la leyenda. La cuestión es que hace 50 años, el pulmón intelectual de la Nouvelle Vague, Jacques Rivette, se echó a la espalda el texto de Diderot y sin complejos de culpa ni pagar peaje con la Historia, adaptó este relato en medio de escándalos y absurdas prohibiciones.

El fluido vital, la gasolina que alimenta el motor de La novia, segundo largo de Paula Ortiz, debe mucho a Federico García Lorca y sus Bodas de sangre. Así, Ortiz arranca de una mirada ensimismada por ese estremecimiento poético tan propio del autor de Yerma, tan adobado por aromas de estampa racial, habitado por raíces de tierra, “quejíos” y miseria.
Nacida en 1979, en Zaragoza, Paula Ortiz debutó al frente de su primer largometraje en 2010. Se titulaba De tu ventana a la mía.

Hay dos relámpagos de duda en el discurso patriótico que realiza Steven Spielberg en El puente de los espías. Suele pasar. Cuando llegan a la madurez de su carrera, cuando comienza la epifanía del ocaso, las personas sensibles titubean. En el caso de los directores norteamericanos que más han contribuido a perfilar los iconos del American Way of Life, esa sensación de pérdida y desorientación adquiere un tono agridulce, un pellizco de paradoja.

En la anterior entrega de Pixar, Del revés, la factoría daba peligrosas señales de agotamiento pese a que muchas reseñas críticas no lo querían ver. De hecho, nunca como hasta ese momento, en su zona central, un filme de Pixar había necesitado saquear legados ajenos. Pese a sus muchos aciertos, a Del revés le faltaba aire. En su férrea estructura. la rigidez de la misma le quitaba su mejor virtud, la capacidad de abrazarse a la heterodoxia para reinventar lo inventado.

Hsiao Hsien practica un cine personal, inconfundible, revelador. Da igual el tema, el tiempo, el género e incluso la historia que encierren sus películas. Al final siempre se halla en ellas una sacudida que estremece. En The assassin, bajo su ropaje de wuxia, con el pretexto de una trama hermética de confabulaciones de alcoba y sangre, el director taiwanés descubre una de sus más inspiradas páginas. Más allá del laberíntico devenir de ecos siniestros, venganzas familiares y proclamas lapidarias, el paisaje deviene en texto.

Con Paulina se encienden los fuegos de la polémica. En ese viacrucis que estación a estación sigue su joven protagonista, la audiencia se ve forzada a tomar partido. Tras su visión resulta obligado cuestionarse por qué Paulina se comporta así ante lo que (le) pasa. Ese lo que (le) pasa tiene su origen en el título original, La patota, vocablo que sirve para definir a una pandilla de jóvenes cachorros sedienta de sexo, violentos e ignorantes, con pulsión primitiva.

A James Dean le bastó un año para levantar una leyenda del Hollywood de todos los tiempos. A lo largo de 1955, Dean atravesó tres largos como una estrella fugaz. Al Este del Edén, de Kazan; Rebelde sin causa de Ray y Gigante de George Stevens. Venía de hacer unos cuantos anuncios y de asomarse tímidamente en películas oscuras de Curtiz, Sirk y Fuller.

Además de partir de algunos de los modelos más comerciales del cine norteamericano y francés de los últimos años, (El padre de la novia, Bienvenidos al Norte), la letra interior, esa sobre la que crecen los buenos argumentos, sabía del hacer de Vaya semanita. Ocho apellidos vascos triunfó porque poseía sólido oficio en sus materiales de partida. Había talento y recursos en Diego San José y Borja Cobeaga y se daba calidad notable y estado de gracia en los actores.