Título Original: LA BOLA NEGRA Dirección: Los Javis (Javier Calvo y Javier Ambrossi) Guion: Javier Calvo, Javier Ambrossi y Alberto Conejero, a partir de la obra de Alberto Conejero inspirado en Federico García Lorca Intérpretes: Guitarricadelafuente, Miguel Bernardeau, Carlos González (II), Lola Dueñas, Penélope Cruz, Glenn Close, Julio Torres, Lorenzo Zurzolo y Antonio de la Torre País: España. 2026 Duración: 158 minutos
Noche y niebla
Sebastián, un joven fascista que toca la trompeta en la banda de su pueblo, está emocionado porque espera, al estilo de Bienvenido, Mister Marshall la llegada de sus correligionarios en plena guerra civil. Un error de cálculo, los daños colaterales de la barbarie bélica, hace que la aviación italiana arrase su aldea y en esa matanza muera su madre, una mujer que, al parecer, no simpatizaba con los sublevados y a la que, por gestos, Sebastián apela para que haga el saludo fascista: dignidad cancelada y brazo en alto. Tras el ataque, Sebastián huye y en su huida, los directores de La bola negra, Javier Calvo y Javier Ambrossi, en un subrayado de obvia obviedad, hacen que trepe por una escultura de San Sebastián. Allí, encaramado sobre los hombros del icono gay, Sebastián, el trompetista, se hace símbolo. Ese Sebastián predestinado por su nombre e interpretado por Guitarricadelafuente, es el eje central de este romance homosexual que convierte la guerra civil en espectáculo dantesco, en exaltación estética, en puro delirio de estampas queer con cierta amnesia y sin escarbar profundo.
La bola negra representa la sublimación de un error histórico, la escenificación de la gran mentira de la transición española. Si en 1975, ya que antes la fuerza de la sangre y el crimen de estado lo impedían, se hubiera tratado al fascismo español como al nazismo alemán, no habría ya muertos en las cunetas, ni reparaciones pendientes, ni miedos atávicos. Y aunque eso no nos hubiera vacunado de la creciente expansión de la ultraderecha, al menos hubiera aclarado la perversa naturaleza de sus cánticos.
El filme, que no es sino un tobogán de aciertos y desaciertos, se sabe hijo de la movida madrileña por parte de padre, Pedro Almodóvar; y de la ambición y del (ab)uso del «amiguete» por parte de Santiago Segura. Se erige sobre el recuerdo (banalizado) de Lorca y abunda en estampas marin(er)as al estilo de las esencias de Jean Paul Gaultier por más que se quieran diluir como un guiño al Fassbinder de Querelle. Además, esta «bola» se ve atravesada por la misma amnesia transitoria de los 80 que quiso olvidar a las víctimas del franquismo para pasarse la vida bailando entre horrores en el hipermercado.
A lo largo de sus 158 minutos la sombra de Almodóvar masajea el relato. Construida sobre dos tiempos «reales», 1937 y 2017, y uno ficcionado, 1932, el que se desprende de la obra perdida de Federico García Lorca, esa ausencia presencia del poeta granadino permite a los Javis invocar la fabulación y abrazar un lirismo hiperbólico. Los otros dos tiempos, separados por 80 años de diferencia, tejen el verdadero argumento del filme: los acontecimientos y el destino de dos soldados homosexuales enfrentados entre sí. Uno será la víctima; el otro, su verdugo. Les reconcilia su deseo sexual, les redime su condición de amantes clandestinos. En el haber aparecen fuegos brillantes como la presencia de Penélope Cruz, la niña de tus ojos, cupletista mezcla del descreer de Trueba, del fotografiar de Saura y del coreografiar de Paula Ortiz. Penélope Cruz resulta vibrante, pero su personaje (a)parece innecesario; no es sino un cameo entre otros muchos que, en su mayoría, como la presencia de Antonio de la Torre, se desaprovechan por colaterales, por episódicos.
En el período de 2017, se le obliga a Lola Dueñas a componer una madre malhumorada, casi siempre irritada, siempre irritante. A su lado, un hijo perplejo que está sin estar, que es sin ser, se aferra a esta zozobra emocional. En lo visual, los muertos son atrezzo ornamental y los vivos ornamento sin aura. Banal en su discurso, salvo cuando resuenan algunas palabras de Lorca, su alma es artificio.
Posee secuencias impactantes, mucho ruido y poco discurso, y no esconde su vocación de fascinar a toda costa. Más cerca del Berlanga crepuscular y satisfecho que del Erice de silencios hondos, La bola negra no soporta un análisis riguroso. Funciona como artefacto de consigna, pero se desactiva en cuanto reflejo de la Noche y niebla en la que el franquismo metió a este país para sacrificar a quienes, como Lorca, no sembraban la muerte, ni escondían su rostro.
