Gógol, Tolstói y Dostoyevski, entre otros muchos, algo dijeron y mucho sabían de eso que se dio en denominar «el alma rusa». De hecho, las esencias de esa resbaladiza naturaleza se derraman en sus novelas; en esos textos de alta densidad y hermosa literatura que muestran una singular complejidad al servicio de unos comportamientos psicológicos a menudo incomprensibles y siempre desconcertantes para quien ha nacido lejos de Moscú.



