Un plano obsesivo y largo recoge la conversación entre dos personajes que evidencian una relación paterno-filial. El adulto desgrana un cuento de noche, un relato para dormir ante la incesante réplica de su joven interlocutor. La fábula que narra habla de un tiempo de apocalipsis, un lamento distópico que recoge cómo la humanidad encaró la hora oscura de su exterminio.
Un error común desdeña el denominado cine mainstream por epidérmico y banal. Pretende que, por comercial y arquetípico, nada hay en él que merezca la pena. La experiencia demuestra que es en estas películas, aparentemente simples y evidentemente torpes, donde mejor se escriben las obsesiones que nos acechan.
Diez años y más de veinte largometrajes después, la máquina de alta precisión e infinitas ganancias de la Marvel desemboca en su sublimación, en la apoteosis, en la madre de todas las batallas y el cambio de paradigma.
Como subraya su título, “Endgame”, estamos ante un final de ciclo, una clausura de era cuyos detalles deben ser silenciados con precaución porque, en los últimos tiempos, se ha desatado una infantil obsesión enfermiza contra los llamados spoilers.
Se asegura que en los años 40, el capitán Marvel, nombre primigenio de Shazam, fue más popular que el propio Superman. De hecho, la DC denunció a la Fawcett Comics, la cuna natal del personaje, por presunto plagio. Lo curioso es que la vida da muchas vueltas, y el viejo capitán Marvel, nacido en 1939, pasó a las filas de la DC y hoy es una de sus mejores bazas frente a la Marvel.
Doscientos millones de dólares y 15.000 empleados dan noticia del poder que sostiene esta película, “Alita: Ángel de batalla”. Un poder alimentado por su productor, James Cameron, uno de los más influyentes y exitosos profesionales de las últimas tres décadas; y rubricado por su director, Robert Rodríguez, un cineasta que, junto a Tarantino, renovó y emblematizó el cine de los 90.
En su doble condición de spin-off y precuela, en ese exprimir lo inexprimible en el que anda ocupada la industria cinematográfica norteamericana, le cabe a “Bumblebee”el mérito de ser un producto solvente, una película divertida, un constructo capaz de dar un rostro desenfadado y ágil a un universo sobre el que los espectadores de más de 40 años no tienen, en su mayor parte, ningún interés y ninguna idea.





