Evitaré la innecesaria referencia a la dimensión de actriz-estrella de la mujer responsable de este filme, Angelina Jolie. No viene a cuento. Construida a partir del relato de un personaje que evitó echarse a perder en su juventud gracias al atletismo, protagonista de una proeza en los juegos olímpicos de la Alemania nazi y superviviente de un infierno en la segunda guerra mundial, Invencible ofrece una especie de tres en uno.

Hubo un tiempo en el que la presencia de Tim Burton al frente de un proyecto era garantía de heterodoxia, de riesgo, de originalidad. Eran años de inventiva y mordacidad. Daba igual el género que la historia, Burton se las ingeniaba siempre para imprimir un sello singular y reconocible. En sus manos, un cuento tradicional como Sleepy Hollow; una apropiación más o menos impostada de un icono como el monstruo de Frankenstein, Eduardo Manostijeras; o un biopic maquillado como un ensayo sobre la genialidad y/o la locura, Ed Wood, daban lugar a filmes inolvidables, rebosantes de ideas propias, vibrantes y arrebatados.

Cuenta Mike Leigh, el más riguroso y austero de los cineastas británicos de nuestro tiempo, que empezó a pensar en trasladar al celuloide la figura y obra de William Turner hace más de quince años. Quince años en los que cada mañana sentía la amenaza de que algún otro realizador tratara de hacer lo mismo que él. Entre otras cosas porque el cine jamás se había interesado por este paisajista precursor del impresionismo, buceador de la luz en una época oscura.

Este es un filme ortodoxo, cronológicamente ordenado y sin duda previsible que responde de manera casi refleja a la reciente muerte de Paco de Lucía. Pero siendo tan cabal y contenido en su hacer, esta búsqueda por las huellas de Paco de Lucía labra un semblante hondo, vital y clarificador e incluso extraordinariamente sincero. Especialmente porque estas aproximaciones biográficas se encuentran maniatadas por la cercanía y la conveniencia.

La mayor virtud de Violette, en cuanto película, consiste en estimular el apetito por las obras literarias de los personajes/protagonistas que deambulan por sus intersticios. A esta Violette de amarga frustración y de insoportable talante que, en vida, estuvo rodeada de titanes como Simone de Beauvoir, Jean Genet y Marcel Camus, le redime un misterio que su realizador no logra desentrañar.

Sospechosamente a tiempo, con la precisión del enterrador, el mal augurio del buitre y la brillantez formal de un anuncio del perfume de moda, se estrena este biopic cuando siguen resonando los llantos por la muerte de Nelson Mandela. Es decir, cuando todavía permanecen en el aire solemnes declaraciones institucionales, confusiones de analfabeto y acciones incomprensibles como las del traductor de signos.

El mayordomo que da título a este filme, el hombre al que Lee Daniels (Precious, 2009, The paper boy, 2012) le hace un homenaje fervoroso, existió en la realidad. Llegó a la Casa Blanca casi por casualidad y con gesto sumiso. Trabajó sin interrupción al servicio de todos los presidentes yanquis desde Eisenhower a Reagan.

Sobre Thérèse D. se teje un velo distorsionador, unas sombras externas que sin duda han determinado su realidad. Se trata de la obra póstuma de Claude Miller, un realizador francés que ha ocupado un discreto lugar en una cinematografía acostumbrada a alumbrar movimientos y autores de enorme predicamento.