La sombra de «Bohemian Rhapsody» (2018), especialmente el éxito económico que el biopic de Freddie Mercury y Queen consiguió bajo la dirección de Bryan Singer, ejerce un mal influjo sobre esta vida ejemplar que hace de Whitney Houston un arquetipo de alma plana y de ningún recoveco.
Paso a paso, película a película, el prestigio de David O. Russell palidece sin que las dudas que provoca su universo mermen su capacidad de trabajar con intérpretes de lujo ni frenen su tendencia a la estridencia. Autor de “Tres reyes” (1999), “Extrañas coincidencias” (2004), “The Fighter” (2010), “La gran estafa americana” (2014) y “Joy” (2015); habían pasado siete años desde su último proyecto.
El 13 de noviembre de 2015, noventa personas morían asesinadas en Bataclan, París, durante el concierto de Eagles of Death Metal. Entre los supervivientes estaba Ramón González quien conjuró el trauma y el shock de lo vivido escribiendo “Paz, amor y Death metal”, una crónica a bocajarro sobre la horrible sensación sufrida durante el ataque terrorista.
Como acontece en la celda donde se hacinan sus dos principales protagonistas encarnados por Miguel Herrán y Javier Gutiérrez, todo se dirime en dos niveles antagónicos. Así, en el camastro de arriba, el primero, Manuel, un contable pendiente de un juicio que nunca llega, escribe panfletos pidiendo respeto por los derechos y amnistía para la gente encarcelada
Cada vez que se nos avisa que una película está basada en acontecimientos reales y, especialmente, si la mayor parte de sus protagonistas todavía permanece entre nosotros, surge la tentación de preguntar(se) por qué no se ha escogido el género documental en lugar de organizar una recreación artificial en la que unos actores reproducen impostadamente esos hechos que “ocurrieron”.
En ningún momento del filme, su director, el suizo Stefan Jäger, hace referencia a ello; pero no resulta impropio ver en el perfil de la fotógrafa protagonista de “Monte Veritá”, la sombra de Daphne du Maurier, la autora de “Rebeca” y “Los pájaros”, entre otras novelas que tanto deslumbraron a Hitchcock.
Nadie como los británicos para convertir en oro sus excrementos. Tanto y tan arteramente reescriben la historia que figuras como Enrique VIII o Winston Churchill, que probablemente no podrían -o no deberían- salir a la calle de vivir hoy, se han convertido en leyenda y objeto de veneración. La historia que aquí se cuenta ya había sido llevada al cine en 1956, “El hombre que nunca existió”.




