No hay concesión hacia el público que guste del orden, buen gusto y películas que abrazan el principio aristotélico de presentación, nudo y desenlace. Aunque no lo parezca, esto último, un relato, sí acontece en “Mandy”, pero en clave de delirio. El filme de Panos Cosmatos, hijo de George P. Cosmatos, amanece a ritmo de King Crimson para cantar a un crepúsculo.

En la trayectoria de Soderbergh hay un punto vertebral en el cambio del siglo XX al siglo XXI. En 1998 había realizado “Ocean´s Eleven”, un enérgico divertimento. En 2002 le echó un pulso a Tarkovski, para releer al Stanislaw Lem de “Solaris”.

Podía haber sido una versión pobre y convencional de cualquiera de los ambiciosos proyectos que la Marvel ha producido en estos últimos años. Una especie de Capitán América en clave de black exploitation. No es así, pese a que el argumento carezca de originalidad.

La obra testamentaria con la que se pone punto final a una trayectoria no es necesariamente la última en hacerse. Por ejemplo, el adiós conclusivo y absoluto de Akira Kurosawa no hay que buscarlo en Rapsodia de agosto (1991) o en Madadayo (1992), por más que ambas jueguen con la idea de la despedida y la muerte, sino en Sueños (1990) y en Ran (1985), obras que hablan de la vida y su ajuste de cuentas.

A esta Liga de la Justicia se le ha roto el encanto. En su deseo de ir cada vez más lejos, en su apuesta circense por superar lo insuperable, se ha quedado sin aliento. Si la anterior entrega terminó con la muerte de Superman, lo que dada la obviedad de su simbolismo, era la muerte de Cristo, la actual entrega no tenía otro remedio que enfrentarse al día de después, o sea el día del apocalipsis.

Los experimentos desde (plata)formas y presupuestos de cine comercial corren un doble riesgo. Riesgo con regusto a oxímoron en su pretensión de cruzar lo genérico con lo ensayístico Doble riesgo que afronta Baby Driver, un inclasificable trabajo que engulle multitud de referencias y que camina hacia ningún lado con total desparpajo.

La mejor aportación de John Wick: Pacto de sangre consiste en que, gracias a esta segunda entrega, muchas personas recuperarán la primera, un tenebroso y dolorido thriller rubricado con una puesta en escena realmente meritoria. En esta segunda cita, nuevamente protagonizada por Keanu Reeves y ahora dirigida por Chad Stahelski, esta vez en solitario, se rebaja buena parte de la tensión primigenia, de su crepuscular puesta en escena.