La magnética autenticidad, aparentemente desprovista de oficio, que Pedro Fasanaro aplica en el dibujo de su personaje en “Desierto particular”, atraviesa a la película de Aly Muritiba con la eléctrica sensación de lo cierto. No era fácil. En “Todo sobre mi madre” por ejemplo, Pedro Almodóvar tejía una fascinante red de atracción en torno al personaje “del padre” de Esteban, el joven adolescente al que Eloy Azorín daba vida durante el primer acto de la que sigue siendo uno de los mejores filmes del director manchego.
Cada vez que se nos avisa que una película está basada en acontecimientos reales y, especialmente, si la mayor parte de sus protagonistas todavía permanece entre nosotros, surge la tentación de preguntar(se) por qué no se ha escogido el género documental en lugar de organizar una recreación artificial en la que unos actores reproducen impostadamente esos hechos que “ocurrieron”.
Sin novedad en el frente. En “Dios mío, ¿pero qué nos has hecho?” se mantienen las mismas constantes, virtudes y carencias de sus dos obras precedentes: “Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho?” (2014), y “Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho ahora?” (2020). Su relato es consecuencia de ellas y su existencia da noticia de su éxito comercial, de su buena taquilla.
Hace doce años, con un filme de naturaleza híbrida, un ensayo de docu-ficción, “The Arbor”, irrumpió la directora británica Clio Barnard. Su película buceaba en el recuerdo de Andrea Dunbar y su obra de teatro, titulada como la película. Recuperaba una biografía prematuramente rota y la confrontaba con su obra y la hija de ésta.







