En plena conmemoración del centenario de Benito Pérez Galdós, el cineasta Rodrigo Sorogoyen establece una vía, apenas insinuada en sus dos primeros largometrajes, pero establecida férreamente con el tercero y multipremiado “El reino”´. Con ella asume ser notario cinematográfico de la escena política española. Dicha actitud le convierte en un beligerante testigo de cargo de la historia reciente. Al mismo tiempo no esconde que, que se busque la objetividad no significa que se ahoguen las pasiones y compasiones hacia los sujetos que transitan por sus relatos. En ese sentido, Sorogoyen se roza y mucho con todos y cada uno de ellos.
Estamos a casi un siglo del rodaje de “Häxan: La brujería a través de los tiempos” (1922), insuperada e insuperable acta notarial sobre el mundo de la brujería. Aquella obra maestra, cualquier comparación con ella sería grosera, invocaba todos los géneros, todos los ecos y todas las huellas que pudo reunir su autor, el cineasta danés Benjamin Christensen, uno de los directores del cine silente más sugerente y perturbador. Iluminada por las sombras de Goya y las luces de Brueghel, cualquier nueva aportación al tema debe pasar por el cedazo de “Haxan”, la piedra angular de todas las películas sobre brujería.
Tres títulos coherentes con sus propuestas, y muy distintos entre sí, coincidieron en la jornada del miércoles. Tres citas sólidas en ese punto crucial, cuando el final ya se vislumbra, y donde un festival decide su suerte. Ya tenemos datos suficientes para calibrar la altura de su nivel. La sección oficial de la 68 edición del SSIFF, ese escaparate donde se toma el pulso al verdadero estado de salud de cualquier festival que se precie, puede defender que, en plena pandemia, con deprimentes medidas de seguridad, en un año en el que muchos proyectos no han podido salir adelante, ha dado lo mejor de sí misma.
Hay algo fantasmático en esta edición del SSIFF que tiene mucho de gesto de resistencia y bastante de acto testimonial. En los alrededores de las principales sedes del festival sobrevuela ese estigma de melancolía que supura el desconcierto que nos circunda. Acontece como en los exteriores de “Rifkin´s Festival”, que se hace perceptible que los figurantes son escasos y el t(i)empo regular.
Hay relatos en los que se acumulan decenas de anécdotas, incontables personajes; pero prácticamente nada sucede en su interior salvo una confusa algarabía. Hay otros, que hacen de la inmovilidad y la contemplación su libro de estilo; y, sin acontecer en ellos nada, la mirada se abisma hondo y el público presiente la llamada de lo inexplicable.
Condenado a transitar por los arrabales de la exhibición audiovisual, el cine de Charles Stuart Kaufman (Nueva York; 1958) se considera tóxico para las salas de cine. Poco a poco, los relatos que fluyen de su inclasificable cabeza, se ven postergados. Paulatinamente aparecen cada vez más de manera esquinada, furtivamente, por dónde menos se espera.
Angela Schanelec muestra sus credenciales desde el plano de apertura. En el minuto uno, ya intuimos lo que aquí nos aguarda. Schanelec ha decidido seguir las huellas de Bresson con la misma actitud con la que los primeros cristianos abrazaban el martirio, dispuestos a dejarse la vida; decididos a no desviarse ni un ápice de las lecciones de su maestro.
A veces, más allá de la curiosidad, empatía o interés que provoca el relato que habita en su interior, aparecen películas que se imponen por la solidez de su facturación; por su humilde armonía; por el encaje de todos los ingredientes que la constituyen. Suelen ser películas sin vitola de favoritas, sin despliegues publicitarios, sin grandes premios ni reclamos de glamour.
Hace dos años, “A Land Imagined” se hizo con el Leopardo de Oro del festival de Locarno. Unas semanas más tarde, un festival tan canónico como Valladolid tuvo a bien destacar su calidad y le concedió un premio a su fotografía. Pese a ello, a que es una película premiada, “A Land Imagined” podría no haber llegado nunca a nuestras carteleras.
Al menos hay dos alteraciones significativas en “Los nuevos mutantes” que legitiman su pretensión de novedad con respecto a sus orígenes, los “X Men”. Una atiende al género. Aquí, en la decimotercera película de la serie, todo se abisma más hacia el terror que hacia la aventura. La otra ruptura argumental, acude al rejuvenecimiento de sus personajes; estos X-Men son adolescentes en plena ebullición hormonal, o sea, son mutantes en fase hiperbólica.

