Es probable que un sector del público, especialmente el que se mantiene opaco al uso de los ordenadores, crea que esta película no tiene ni pies ni cabeza. Que se trata de una extravagancia bizarra. Un galimatías hecho para embaucar a modernos. Lo curioso es que hace veinte años, la inmensa mayoría del público hubiera pensado eso mismo.

La sombra de lo real, por más que aquí todo sea una exagerada caricatura, acompaña desde el comienzo a los ficticios personajes de El poder del dinero del oscuro director australiano de sangre croata e italiana, Robert Luketic. Los ecos de la verdad provienen del pulso sostenido en el mundo de la ingeniería informática por Bill Gates y Steve Jobs, o si se prefiere de la guerra comercial incruenta entre Apple y Microsoft.

Dos niñas de corta edad, tres y cuatro años, juegan delante de la cámara. Una le dice (y le repite) a la otra, “no mires”. Se refiere a la cámara; y mientras la hermana pequeña hace caso, la mayor vuelve sus ojos hacia el objetivo y al hacerlo nos interpela en un gesto que el propio Bretch hubiera (a)probado.

Cien minutos permanece Robert Redford solo ante la cámara. Cien minutos en los que J.C. Chandor trata de confirmar lo que su ópera prima, Margin Call (2011) había prometido: que alberga en su interior a un buen cineasta. Para colmar las expectativas, Chandor (se) lo pone difícil; echa mano a casi nada. Un actor, el mar y una embarcación a la deriva que hace aguas.

Hay que esperar a que el filme entre en su último tercio para entender a qué se refiere el título original. Lo que el filme, dirigido por John Lee Hancock, relata es el proceso laberíntico e incluso tortuoso por el que Walt Disney consiguió (con)vencer a la escritora de Mary Poppins. O cómo el reino de Micky Mouse, llevó al cine un relato en cuyo desván habita el dolor ante una figura paterna ausente, un Edipo atravesado que convirtió a Pamela Lyndon Travers en una mujer búnker; solitaria y agria.

Alexander Payne, buen conocedor del cine español, declaraba no hace mucho que quizá Pepe Isbert hubiera sido un actor ideal para Nebraska. También, decía, le habría gustado Fernando Fernán Gómez, aunque este último, apostillaba, quizá hubiera sido demasiado solemne. Tal vez se trató de una concesión al periodista español que le entrevistaba, pero lo que sugiere esa hipótesis es algo que se presiente tras la proyección de Nebraska.

El tono que preside la gran estafa americana siempre aparece crispado. Las interpretaciones, en consecuencia, coquetean con el exceso, con el histrionismo. ¿La historia? La historia es puro esperpento, comedia americana, esa que entusiasma al público estadounidense pero ante la que muchos europeos se sienten incómodos por esa afectación interpretativa.

Todo en esta pieza de cámara ha sido cargado por el diablo. Y todo esconde algo entre sus pliegues, entre sus intersticios. Da igual que Emmanuelle Seigner, 47 años, la mitad de ellos casada con Roman Polanski, se pasee en ropa interior y casi desnuda como la Venus de Tiziano. De hecho, esa desnudez es la que deslumbra y oculta sus verdaderas intenciones. Poco pudor para un salto mortal retórico que mezcla la ironía con lo perverso.

Con Lars von Trier nada debe ser desestimado. El cineasta danés juega a fondo en todos y cada uno de los minutos de sus películas. Nada es fortuito, ni gratuito, ni banal. En Nymphomaniac, película estrenada en dos partes y de la que falta más de una hora que se verá en la versión que se presente en el festival de Berlín, esa afirmación cobra un especial significado.

Al menos una gran lección muestra esta adaptación norteamericana del Oldboy coreano. La de certificar la enorme diferencia que existe entre un autor grande y un copista pequeño. Poco importa que el copista se llame Spike Lee y en los años 80 fuera uno de los abanderados del llamado nuevo cine neoyorquino.