Aunque sea Alyona Mikhailova la mejor aportación de este semblante biográfico sobre el compositor de “El lago de los cisnes”, hay muchas caras en este poliédrico film que miran al alma rusa del final del XIX pero que parece dolerse con las miserias de Putin y sus desvaríos.
Aunque para la generación de Sam Raimi, 1981 parezca ayer, 42 años separan esta “Posesión infernal” de la que le vio nacer. Aunque la trama argumental, las estructuras del relato, los fundamentos y hasta las intenciones puedan parecer idénticas, nada es lo mismo por más que ahí sigan Bruce Campbell, solo su voz, y, entre las sombras de la producción, el propio Sam Raimi.
Sobre una barca, sondeando el río, en busca de la imagen robada de San Juan Bautista que talló su aitite para presidir el altar mayor de la iglesia de su pueblo, Aitor, un niño de ocho años que se siente niña, recibe una lección sobre lo comprobable y lo intuido. Le dicen que lo que los ojos ven pertenece a lo obvio. En consecuencia, lo que los sentimientos reclaman, habita en otro nivel de percepción.
A fuego lento, en un laberinto que se retuerce sobre sí mismo, Tarik Saleh desarrolla un filme de tramas y mentiras, de delaciones y muerte en el corazón del Egipto de hoy. La acción de su argumento, que podía haber inspirado un buen relato a John le Carré, transcurre en la universidad-seminario de Al-Azhar en El Cairo, el epicentro del poder del islam suní.
Todo en “El inocente” se sabe atravesado por el fingimiento y la afectación. El (in)verosímil determina el fundamento de lo que, más allá de la anécdota argumental que lo sustenta, constituye su identidad. Desde su primera secuencia, cuando vemos a Roschdy Zem, actor y director francés de origen marroquí, se huele que un velo de afectación enturbia nuestra percepción.
“El castigo” surge del entendimiento entre dos personalidades muy distintas. Una, Coral Cruz, viene de aquí al lado. Nacida en Santoña 1973, licenciada en Periodismo por la Universidad del País Vasco; el rastro profesional de Coral Cruz, su manera de “hacer”, tanto como script o como guionista, es perceptible en títulos que van de “Morir” de Fernando Franco, a “Los días que vendrán” de Marqués-Marcet. En “El castigo”, Cruz firma un guión intimista y seco, riguroso y sin concesiones que gira en torno a la frustración ofuscada de una madre insatisfecha.





