Se decía que Balzac escribía en medio de un tráfago de personas, rodeado de ruido e interviniendo en las conversaciones circundantes sin por ello desconcentrarse de su tarea. De ese modo parece dirigir Xavier Giannoli su adaptación de «Las ilusiones perdidas».
El bigote de Hércules Poirot, la causa de su ausencia-presencia, da pie a un preámbulo bélico el que se nos describe, en blanco y negro, la juventud del carismático personaje creado por Agatha Christie. Digamos que esta nueva adaptación del relato escrito por la llamada reina del «¿quién es el asesino? (whodunit)», en 1937, nada nuevo aporta a lo ya mostrado por ejemplo en el convencional filme de Guillermin (1978).
Asumido como un ejercicio liberador, un relato desprovisto de los oscuros meandros de películas como “Magnolia” (1999) , “Pozos de ambición” (2007), “The Master” (2012) y “El hilo invisible” (2017); se podría caer en la tentación de confundir la aparente ligereza de “Licorice Pizza” con una supuesta banalidad interior.
Con la escritura de Zweig como melodía y pretexto y con reflejos de su zozobra personal como leit motiv, “The Royal Game” se impone como un demoledor relato sobre la anulación de la cordura a través de la tortura. La historia está localizada en el final de los años 30, en el tiempo de la ascensión del nazismo en Austria, pero sus sombras y la manera en la que éstas se proyectan hoy, la hacen muy pertinente.
Desde su fallecimiento, el 21 de noviembre de 2007, la imagen de Fernando Fernán Gómez, lejos de caer en el olvido, se ha agigantado. Hoy es carne de leyenda y sus compañeros, los que alguna vez coincidieron con él en algún trabajo, no cesan de invocarlo e incluso de imitarlo en cuanto se presenta la ocasión.
Sin salir casi de casa, como si se hubiera filmado en tiempos de confinamiento, la mayor parte de cuanto acontece en “El brindis” transcurre en la sala de un comedor familiar. Cinco personajes presentes y una ausencia que se presiente, sirven de válvula de escape al conductor de un relato costumbrista heredero de esa fiebre contagiosa y manoseada hasta la desesperación a la que llamamos monólogos.





