La presencia de Nicolas Cage ya preludia que “Pig” no seguirá las directrices del thriller convencional. Ese rechazo a lo rutinario empieza en el guion. No son comunes las mimbres que entrelazan su argumento. En ese libreto coescrito entre el director, Michael Sarnoski, y su compañera de estudios en Yale, Vanessa Block, se apuesta por cierta excentricidad, la que probablemente sedujo a Cage para aceptar el papel.

Habría que descender a profundidades hoy ya casi olvidadas para percibir la nobleza que, a mediados del siglo XX, supieron destilar unos pocos poetas del cine. Que cada uno ponga el nombre que desee; de Mizoguchi a Bresson, de Ozu a Dreyer… No encontrarán muchos y ni siquiera ellos, maestros incuestionables, fueron siempre capaces de rozar lo inasible.

Lejos de Marsella y sin la complicidad de sus habituales, de Ariane Ascaride a Jean-Pierre Darroussin, sorprende encontrarse a Robert Guédiguian a tan larga distancia de su zona de confort. De sus compañeros de viaje permanece Pierre Milon, un director de fotografía habitual en el hacer de Guédiguian y también colaborador frecuente de Laurent Cantet.

Rodado en Taiwan, producido bajo bandera austriaca y apoyado por inversiones francesas y belgas, “Moneyboys” significa el debut en la realización de C.B. Yi; un director de origen chino cuyo aspecto podría confundirse con cualquiera de los jóvenes actores de su película.

La biografía de Terence Davies aparece escrita sobre renglones (re)torcidos. Su vida ha ido avanzando sobre las oxidadas vías de un ferrocarril que parecía estar destinado a quedar varado en una estación sin pueblo. Ya había cumplido los 25 años cuando el joven Davies se ahogaba en la oscura y estrecha jaula de un discreto contable de segunda condenado a pudrirse en una oficina de transportes de su Liverpool natal.

Aunque resulta innegable que Saeed Roustayi se desmarca del canónico cine iraní de mirada reposada y paisaje árido, cine de poesía rural y dilemas éticos, conforme avanza este thriller de policías y narcotraficantes más evidente resulta que el motor que mueve “La ley de Teherán” coge la epidermis del noir occidental para hablar de su país de origen.

Concebida con voluntad de creador con mirada propia, la estructura ósea que sostiene este retrato de Elvis lleva el ADN de Baz Luhrmann. En consecuencia sus huesos, ese calcio que le alimenta, exhiben la trayectoria del cineasta australiano que modernizó el “Romeo y Julieta” de Shakespeare, el mismo que barroquizó hasta lo circense la atmósfera parisina de “Moulin Rouge” y el que reinventó el mundo del “Gran Gatsby”.