En la gestación de Torrente sobrevolaba la imagen de «Martínez el Facha», un personaje creado por Kim para El Jueves, en torno a un nostálgico franquista que vivía en un patético ocaso. El primer Torrente era la historia de una redención.
Lo más suave que se puede decir de Torrente 5, es que su mejor aportación consiste en desactivar el dicho de que no hay quinto malo. De origen taurino, mundo que Torrente admira, la frase, sujeta a diferentes interpretaciones sobre su origen, converge en una idea unívoca: la quinta entrega de algo garantiza que estamos ante un algo que merece la pena.
Guillermo del Toro comienza su incursión en la reescritura del mito de Frankenstein, allí donde terminaba la mirada de Gonzalo Suárez en Remando al viento, en mitad de la nada helada. A modo de preámbulo, con los esfuerzos de la tripulación de un barco varado por el hielo, se inicia un periplo articulado en dos capítulos.
Así como Akiva Schaffer no es David Zucker, el final de los 80 y los primeros 90, poco tienen que ver con estos histéricos años 20 sustentados sobre la madre de todas las mentiras. Farsas judiciales, falsedades políticas, patrañas económicas y calumnias bélicas circunvalan el tiempo histórico de esta nueva incursión en el cine disparatado, el de la acumulación de bromas políticamente incorrectas. Es la hipérbole del «caca, culo, pis».







