Como nació con hambre de Óscar y con el colmillo retorcido y como su lecho se quiere ocultista y su prosa rebosa simbolismo, «The brutalist» impone una presencia demoledora. Provoca una fascinación desconcertante porque nada hay en ella con lo que se pueda empatizar.
En un momento determinado, en la algarabía de quien se cree en centro del universo porque fue el único ojo que en directo pudo transmitir la masacre de Munich, como consecuencia del ataque de la OLP a la residencia de los israelíes participantes en los juegos olímpicos de 1972; entre el equipo de profesionales de la información de la ABC norteamericana se produce un pequeño rifi-rafe.



