En la primera imagen de Los domingos, aparece un crucifijo en penumbra. La luz viene y va e infiere, en el Cristo clavado, una sensación evanescente, trémula, casi fantasmal. En la última, una mujer (Patricia López Arnaiz), con los ojos vidriosos por lágrimas latentes, cierra la historia de una derrota: la suya.
En Las vidas de Grace habitan muchas películas. Todas giran en torno a un territorio común hecho de náufragos adolescentes arrojados en una cuneta de desafectos y desarraigos. Ese contexto común, un hogar de acogida, es el espacio en el que Destin Daniel Cretton, responsable del guión y la dirección, mete la cámara con un afán aleccionador.



