El ciudadano ilustre representará a Argentina en la carrera del Oscar. Pero, independientemente de lo que acontezca, El ciudadano ilustre ya merece un lugar especial en la historia de la cinematografía argentina y mundial. Sus intersticios de filos rugosos, duelen; su incorrección política, abonada por un discurso desconcertante, provoca. Golpea como un puñetazo de Sorrentino filtrado por la extraña poética de David Lynch y barnizado por la parsimonia distante de Kaurismaki, aunque carente de su humanismo.

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De origen egipcio y biografía sueca, Tarik Saleh forja su cine a golpes chirriantes de hielo y fuego, inquietante mezcla inherente a un transterrado. Ahora, con «Águilas de El Cairo», Saleh culmina una trilogía -junto a «El Cairo confidencial» (2017) y «Conspiración en El Cairo» (2022)- en torno a una ciudad en la que tiene vedada la entrada.

Gastón Duprant y Mariano Cohn conocen bien el mundo de la creación artística. Forman parte del paisaje del arte contemporáneo en Argentina. De hecho, empezaron como video-artistas para luego impulsar prósperos proyectos televisivos. Con ellos participa un tercer hombre autor de los guiones de muchos de sus proyectos, Andrés Duprant. Como se deduce del apellido, Andrés es hermano de Gastón.

Antes de llegar al título de “Rojo”, la película de Benjamín Naishtat ofrece un prólogo, aparentemente sin sentido, pero que jugará un papel más funcional que relevante a la mitad del metraje. Se nos informa de que estamos en la Argentina de 1975. En ese preámbulo, en plano fijo, clavado como los escenarios de Bill Viola, vemos salir de una vivienda a una serie de personajes. Algunos llevan enseres en sus manos. Unos van hacia la derecha, otros, justo al lado contrario.

Construida sobre los cimientos de la distopía de Dave Eggers, James Ponsoldt, un cineasta esculpido en Sundance, desactiva con impunidad y sin remordimiento el veneno de su argumento para conseguir que el público no salga de la sala de cine con el ánimo compungido. Tras un aplaudido inicio (Off the Black, 2006; Smashed, 2012; y The End of the Tour,2015, entre otras) la oscura profecía implícita en El círculo, deviene en un relato paniaguado.

Vivimos tiempos de miedo, tiempos de conservadurismo a ultranza. Tanto que han convertido lo malo conocido en lo bueno imprescindible. Un cine de alto consumo y escasas calorías amenaza con devorarlo todo. Es la hora de la franquicia que nos asegura la perseverancia del contenido a costa de no sorprender. Como niños titubeantes, la mayor parte del público escoge lo que conoce, lo que ya escogió.