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En ese instante crucial del parpadeo por el que cobra vida la magia que el cine a veces alcanza, Llúcia García, la neófita actriz que en «Romería» interpreta dos personajes y dos tiempos; el «sfumato» de una Carla Simón adolescente y los vestigios idealizados de su madre biológica, mira frontalmente al espectador.

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El debut de Alberto Morais como director de largometrajes supuso una declaración de admiraciones. «Un lugar en el cine» (2007) se movía a caballo entre el ensayo y el documental, contó con dos presencias emblemáticas, Víctor Erice y Theo Angelopoulos, y desde entonces, Morais (Valladolid, 1976) ha levantado una filmografía con tanta calma como coherencia y consistencia.

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En apenas unas horas, una familia ucraniana que disfruta de sus vacaciones en un hotel de Tenerife ve transformada su condición. Ayer eran viajeros ociosos en busca de descanso frente a la vida cotidiana; hoy se han convertido en refugiados sin deseo ni vocación que deben debatir cómo y por qué regresan a ese Kiev donde la guerra les aguarda.

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Así como Akiva Schaffer no es David Zucker, el final de los 80 y los primeros 90, poco tienen que ver con estos histéricos años 20 sustentados sobre la madre de todas las mentiras. Farsas judiciales, falsedades políticas, patrañas económicas y calumnias bélicas circunvalan el tiempo histórico de esta nueva incursión en el cine disparatado, el de la acumulación de bromas políticamente incorrectas. Es la hipérbole del «caca, culo, pis».

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Hay un velo de inquietante ambigüedad en todo lo que concierne a esta adaptación algo bizarra, algo anacrónica y conclusivamente hipersanguinaria de las últimas páginas de «La odisea» de Homero. Uberto Pasolini lidera un colectivo internacional para reescribir uno de los episodios más celebrados de la cultura grecolatina desde una sensibilidad de colmillo vengativo y discurso exterminador.